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Actividades · Viajes y expediciones

Primera ascensión al desconocido y difícil Cerro Hosco en la provincia de Mendoza

Con solamente 5.109 metros de altura y ubicado en la zona poco recorrida de los Andes Centrales, en la quebrada sin nombre, características que convierten a este cerro en un desafío muy serio, debido a su ubicación y ascenso técnico

Glauco Muratti

Glauco Muratti

Edición: CCAM Febrero 2026



Integrantes: Glauco Muratti, Enero del 2026. Ascenso con Gervasio Fierro y Lisandro Arelovich, Grupo Rosarino de Actividades de Montaña. 

Bautizando al Cerro Hosco

 

Tengamos el nivel que tengamos, sea lo que sea que perseguimos, todos buscamos concretarlo. Pero frecuentemente esos planes no se cumplen, se acumulan intentos y retornos, sin realizar lo proyectado. 

Hay imprevistos. En salidas largas la meteorología es incierta (la negada diferencia esencial entre ascensos de más o menos de tres días), una lesión le sucede a cualquiera. 

Pero cuando eso de volverse se repite, hay prestar atención porque lo más probable, al nivel que sea, desde la base a la cúspide de la pirámide, es que exista un desajuste entre capacidades y dificultades, que en general se sobreestiman las primeras, se subestimen las otras. 

En nuestro precario paso por las cordilleras, siendo montañeros de medio nivel que a duras penas han conseguido enhebrar un pequeño puñado de salidas al año, tal vez conseguimos ser, como dice Rudatis, bastante buenos administradores de nosotros mismos, equilibristas entre lo que planeábamos y lo que podíamos hacer. Es así que al final, subimos y dimos nombre al Cerro Hosco. 


Ubicación del cerro Hosco, Provincia de Mendoza


Un desafío serio y real

 

El ascenso relatado, típico de los Andes Centrales, pone en evidencia que las capacidades técnicas son solo algunas de las requeridas cuando aprovechando el maravilloso salvajismo de la orografía andina nos internamos en zonas poco recorridas, que son, al fin y al cabo, la enorme mayoría de esta gran cordillera, que no es un ”parque de diversiones” sino de un desafío serio y real.

Acampando al fondo del Valle. Foto del año 2005

 

En primavera del 2005 entramos por primera vez a esta quebrada. Tiempos en que la nieve sobraba, los últimos años en esas condiciones. Los días que acampamos al fondo del valle nos grabaron la imagen de la montaña bella, deseable y poco accesible de la que todo se desconocía que dos décadas después nombraríamos como Cerro Hosco (fotos de 2005) 

Ubicación Cerro Hosco provincia de Mendoza

 


Ruta al Cerro Hosco, Mendoza

 

¿Valle sin nombre o nombre en el valle equivocado?

 

Desde la localidad de Punta de Vacas, en Mendoza, se observa lejos al sur, un alto chorro de agua que en invierno suele estar congelado. Escapa de un caño que provee agua a la localidad y que proviene de un áspero valle sin nombre en las cartas topográficas del IGM, llamado a veces ”Quebrada del Chorro” o ”Quebrada de las Dos Abras”.

Es posible que la ausencia de topónimo en la carta oficial sea consecuencia de un error ya que algo más al sur aparece el nombre ”Quebrada Negra” sobre un estrecho valle que sería extraño haya merecido denominación porque desde el Río Tupungato ni siquiera se lo advierte como tal. En cambio, sobre la margen norte de la quebrada sin nombre el IGM consigna el ”Cerro Quebrada Negra” y extrañaría que una montaña llevará el nombre de una quebrada diferente a aquella sobre la cual se levanta.

 

Una cima virgen

 

Muy poco visitado por andinistas, fue recorrido por nuestro grupo desde 2005 cuando subimos una cima virgen de cinco mil metros que denominamos El Escondido. En ese entonces buscábamos una montaña de aspecto particular que con los años terminamos subiendo por otro lado, La Nadita. Sin embargo en ese primer viaje nos quedó grabada para siempre una bella y difícil montaña que muy pocos siquiera han visto, el que décadas después terminamos llamando Cerro Hosco. 

Desde Punta de Vacas mirando al sur se observa la quebrada del Río Tupungato. A la izquierda el chorro de agua, al fondo el Volcán Tupungato, el valle que se ve con una nube encima es la Quebrada Fea, antepuesta, apenas se nota lo que el IGN denomina ”Quebrada Negra” que usamos para subir el Cerro La Nadita. Fuera de cuadro, a la izquierda del chorro de agua se ingresa a la quebrada que lleva al Cerro Hosco. 

 

Los años en que nos acercábamos al Río Tupungato con toda la carga, viajábamos en colectivo y escondíamos las cosas “ciudadanas” al otro lado del río (foto 2017). 

 

Al fondo se ve el extravagante Cerro La Nadita que lleva su nombre por lo extraño de su aspecto y la chacarera de Yupanqui-Nenette. La foto es de primavera del 2018, Ramiro Casas dando los pasos finales hacia la cumbre del Cerro Copla Blanca. 

 

Tupungato y después

 

Una vez que el andinista deja atrás Punta de Vacas, lo primero que hay que resolver es el cruce del Río Tupungato. Antiguamente había un frágil cable de acero cerca del agua con un añadido que obligaba a meterse en el agua si el curso estaba muy crecido. Por eso optábamos por el gran cable del carrito, maniobra complicada a demasiada altura, larga distancia y donde se tomaba velocidad, amén de que del lado este la precaria escalerita de madera daba su jaleo. Hoy han reemplazado el viejo cable emparchado por uno nuevo y con cualquier polea de alpinismo se puede cruzar. La posibilidad de vadear tiene lo suyo y salvo en pleno invierno o al cabo de varios días muy fríos, no es recomendable. 

Un paisaje encerrado y áspero 

 

En esta oportunidad dejamos la camioneta en el control carretero de GEN, marchamos media hora y nos tiramos a vivaquear a la orilla del Tupungato. Es un verdadero lujo, cruzamos de lado la Argentina, esta mañana tempranito salimos casi del extremo este, a orillas del Paraná. Pasamos a buscar a Gervasio por Mendoza y ahora estamos en plena montaña preparando un asado. 

De mañana trasponemos el río y seguimos el trayecto del caño de agua pasando al costado del escape de agua para ingresar a un temperamental, cerrado y empinado valle cubierto en esa zona con arbustos espinosos. Aquí no hay tracks y de senderos hay que olvidarse, se trata de navegar entre rocas, muchas de ellas redondeadas, lo que en la bajada exigirá concentración. Son algunas horas de paisaje algo encerrado y áspero. 

El cruce del Tupungato usando el cable del carrito. Lo hicimos muchas veces y casi todas hubo problemas y riesgosos imprevistos. 

 

El sencillo cruce actual, en este caso usamos la misma roldana que empleábamos en el cable grande, pero se puede usar cualquier polea de escalada o también un mosquetón de seguro. Se observa el hilo de pescar  para recuperar el implemento de cruce desde la otra ribera. La mochila está un poco baja
 

La primera vez que cruzamos el  Tupungato en este lugar fue cuando ingresamos a la Quebrada Fea para intentar llegar al sector este del Cordón del Plata y bajar a Potrerillos. Contra el agua había un cable de acero añadido que daba su jaleo

 

Según la temporada, una vez sobrepasado el caño, el agua tenderá a desaparecer, pero con seguridad cesará a las tres o cuatro horas, donde a 3.200 m, desde el noreste desemboca un valle lateral que se interna hacia el Cerro de las Vacas-Guardián de los Valles. 

En ese tramo, marcho un par de horas con mis botas de montaña sin estrenar, mis compañeros van más cómodos en zapatillas que ayudan al equilibrio. Gervasio apenas ha podido acomodar las botas en la pequeña y vieja mochila que parece a punto de reventar, no entra mas nada. Para colmo carga algunos alimentos dulces ”propios”.

Siguiendo el caño de agua (foto 2018)
 

Al regreso esta es la vista que se tiene hacia Punta de Vacas: se puede observar la ruta internacional, las instalaciones de Silo (techos azules) una más próxima huella ripiada, hacia la derecha el cable y el caño cruzando el río. La pequeña pampa del centro de la foto es rica en restos arqueológicos, el sitio en que se unen los valles de las Vacas, Cuevas y Tupungato tuvo significación para culturas previas. Antes de esto fueron los hielos los que grabaron el paisaje actual. En el centro de la foto se observa un bloque errático que en su momento fue trasladado por uno de los glaciares que se encontraban en este sitio
 

Habiendo ganado centenares de metros mirando hacia la quebrada del Tupungato (foto 2005)

 

Como no hay nieve, luego de algunas deliberaciones -en las que oculto mis deseos de quedarme en este lugar- cargamos un poco de agua porque en adelante la quebrada queda seca por varias horas. Es temprano todavía, mis compañeros tienen razón. 

Casi de tardecita, sobre los 3.650 m, llegamos a hasta una bonita zona plana, próxima a dos atractivas agujas rocosas de la margen norte, vuelve a correr un arroyo donde volvemos a vivaquear detrás de un muro que tiene más de protección ceremonial de qué utilidad práctica. Hoy ganamos 1.200 metros de desnivel. 

Tomando altura el valle se vuelve árido, el agua se infiltra, no hay senderos, solo pedregales interminables y glaciares de escombro. Es un paisaje fruto de una precipitación insuficiente, por eso se adosan estas capas de rocas, porque no es suficiente la fuerza erosiva del agua y el hielo para remover y mantener ”limpio” el lecho de la quebrada (Polanski).
 


Tomando altura el valle se vuelve árido, el agua se infiltra, no hay senderos, solo pedregales interminables y glaciares de escombro. Es un paisaje fruto de una precipitación insuficiente, por eso se adosan estas capas de rocas, porque no es suficiente la fuerza erosiva del agua y el hielo para remover y mantener ”limpio” el lecho de la quebrada (Polanski).
 

Las particulares agujas que se ven sobre la persona de rojo están casi encima del sitio donde solemos vivaquear a unos 3.700. (foto 2005)
 

Un oasis de rocas, llano, con agua y bella vista hacia la muralla rocosa sin nombre.
 


Un oasis de rocas, llano, con agua y bella vista hacia la muralla rocosa sin nombre.
 

El Cerro Guardián de los Valles, alto cuatro mil en la margen norte de la quebrada. Se observa un canal de nieve que podría ser alternativa a la vía normal de ascenso. 

 

Mal tramo

 

Hacia las alturas la quebrada está invadida por los habituales glaciares de escombros, en este caso superpuestos por los provenientes de empinados valles laterales. Es la norma de las quebradas de la Cordillera Frontal: abundante arroyo en la desembocadura que desaparece infiltrado normalmente a partir de los 3.600 m, para reaparecer sobre los 4.000 m.

Lo particular aquí es que, quien sabe porque razones (¿aludes pretéritos?) se ha apilado en el centro de la quebrada y durante kilómetros un megalítico derrame de enormes rocas. En verdad no están sobre pendiente fuerte, el problema es que no hay terreno plano, hay que sostener el juego del equilibrio porque basculan, engañan, exigen esfuerzo. Ocho veces pasamos por ese sitio y nunca encontramos el modo satisfactorio. Ni siquiera, como en otros valles, prestan ayuda las huellas de guanacos que parecerían también víctimas de los pedregales movedizos. Tal vez, solo tal vez, queda intentar por el margen norte, quienes remonten la quebrada podrán probar esa alternativa.

Nos recostamos como siempre sobre la margen sur del Valle, una sucesión de empinamientos, llanos y pequeñas cavidades repletas de grandes rocas.

Gervasio transitando el centro de la quebrada, equilibrio, desplazamiento lento, continua posibilidad de lastimarse

 

A pesar de encontrarnos subiendo, hay que perder altura porque sobre el lado derecho del valle (sur) hemos quedado sobre un glaciar de escombros

 

En medio de este caos mis compañeros son un espectáculo aparte. Autodenominados ”neorurales”, no desperdician un segundo para hacer fluir interminables diálogos tan intelectuales como ajenos a donde estamos.

Gervasio trata de sobrevivir con su esposa y dos hijos en una finca en el sur de Mendoza, después de las penurias de la fruta y las vacas ahora intenta con las ovejas. Atiende un centenar además de entrenar para una maratón detrás de otra de la mano de su especial entrenador, el “Mostro” Malgioglio. Secretamente -hasta escribir esto- admiro su valentía, era abogado como yo y un día, con tan pocas dudas como preaviso, tal como es él, abandonó el tribunal, los expedientes y la corbata. 

Lisandrito, doctor en antropología y docente, cambió Rosario por un pequeño pueblo de nombre equivocado. Cuando el ferrocarril avanzaba iban bajando carteles con los nombres de las estaciones. Alguien, en vez de dejar el cartel ”Salto Grande” donde el río Carcarañá forma bonitos rápidos, se equivocó y bajó el cartel que dice ”Lucio V. Lopez” que estaba destinado a la próxima estación. Así se llama el lugar donde vive, mientras Salto Grande es un poblado pampeano totalmente desvinculado del agua, como no sea la lluvia.

Después de pequeñas penurias, bajadas aunque uno este subiendo, subidas aunque se este regresando, frentes de glaciares de escombros, deslizamientos espontáneos de láminas de roca suelta, vueltas y mas vueltas, este ”mal tramo” concluye de modo casi abrupto superando los cuatro mil metros, Un pequeño llano conduce a un frente rocoso recién liberado por el glaciar, sitio ideal para acampar, porque también tiene agua. Al oeste, en la margen sur del Valle, asoman dos montañas atractivas, el cerro Cola Blanca, que subimos en 2018 con Ramiro Casas y la muralla de rocas rojizas que ni nombre tiene, y dudamos que vaya a tenerlo porque aunque es ideal para la escalada en roca la distancia la pone “fuera de los deseos” de quienes se especializan en eso. 

Nosotros no dejamos de aprovechar lo que se nos da, a 4.050 m volvemos a vivaquear. Esta jornada es así, poca distancia y desnivel sobre el mapa, pero ardua. No me explico como pocos años atrás con Ramiro pudimos seguir del mismo tirón hasta el fondo de la quebrada. 

Ajenos al lugar mis compañeros siguen con sus particulares dilemas

 

Ajenos al lugar mis compañeros siguen con sus particulares dilemas

 

Vivac sobre los cuatro mil metros, en primer plano Lisandro Arelovich, atrás Gervasio Fierro. Atrás está la implacable forma del frente de un glaciar de escombros que proviene de un valle conectado con la montaña que vamos a subir. Pero falta mucho, no es por ahí, deberemos dar todavía un gran giro para encontrar la cara este.

 

La muralla roja, particular formación de cientos de metros de altura y roca de calidad aceptable, sin embargo fuera de los intereses de los escaladores de roca. 

 

El Cerro Cola Blanca que ascendimos en 2018.

 

El mismo cerro Copla Blanca visto desde la cumbre del Cerro La Nadita, se observa que es la mayor altura del filo que separa la quebrada Negra y la quebrada sin nombre (del Chorro)

 

Las dos abras

 

A partir de este punto el valle cambia de carácter, pierde pendiente y se abre en un espacio enorme, donde al fondo se ven dos notorios portezuelos (en el mapa Abra Oeste y Abra Este) y el llamativo cerro Fortaleza ascendido por el escritor Pablo David Gonzalez décadas atrás. A la derecha, en nuestro camino, la provocativa pirámide del Cerro Escondido ejemplifica la discordancia entre la orometría y las sensaciones humanas: nadie diría que esa atractiva, simétrica y puntiaguda pirámide es en verdad la parte final de un filo que hacia el este tiende a ganar altura. 

Como cada vez que pasamos por acá, este sector lo atravesamos nevado. Esta vez el sol ablanda la nieve, haciendo un cambio de prioridades, en vez de rumbos lógicos, serpenteamos para evitar hundirnos. En un momento giro y veo a lo lejos a Lisandrito enterrado hasta la cintura, fue demasiado ambicioso, hoy, a mediodía, la línea recta es pecado capital. Lo esperamos y aprovechamos para almorzar, homenajeamos la meteorología con un colorido salamín picado grueso, para nosotros ninguna sospechosa y maravillosa moda alimentaria con menos de varias décadas de probada.

Ya a los pies del Escondido las morenas invaden el valle creando esos indescifrables espacios que los hielos apenas han liberado parcialmente. 

El tercer día el avance se facilita, un océano de rocas pero sin glaciares de escombro obturando el valle. (Foto Ramiro Casas)

 

Mis compañeros con la vista del Cerro Quebrada Negra, un alto cuatro mil probablemente sin ascensos. El notorio canal de nieve que parece conducir a la zona somital no es tal, es una vista engañosa, no tiene conexión. A la izquierda, más pequeña, el Aconcagua.

 

Lisandrito víctima de la línea recta.

 

El Cerro El Escampe, un cuatromil que se levanta en el filo que separa la quebrada Colorada y la quebrada sin nombre (del chorro)

 

Cerro El Escondido, provocativa pirámide que sin embargo tiene escasa significación orométrica.

 

Exactamente en este momento, ya buscando sitio para montar por primera vez la carpa, terminamos semanas de incertidumbre. La única vía posible en los riscos que presenta la cara este del cerro es una estrecha canaleta que tiene que estar nevada para poder escalarse. Revisábamos diariamente los partes meteorológicos y nos comunicábamos las novedades. ¿Nevó? ¿Cuánto? ¿Cómo sigue la temperatura?

Entre el equipo ”técnico” cargamos una cuerda de 30 m, algunos mosquetones, cintas, clavos y friends, pero no nos hacíamos ilusiones, apenas servirían para trasponer algún tramo rocoso breve.

¡Excelentes noticias! El canal nevado está un poco flaco, pero sigue en pie.

Estamos a 4.600 metros y lo que queda promete ser sencillo. 

Casi sobre el sector de campamento, algunos pequeños penitentes en etapa de formación. Probablemente no lleguen a su etapa adulta porque la nieve se va a derretir antes. 

 

El campamento ”en regla”, con la carpa armada. 

 

Pequeño glaciar que insiste en resistir en el hombro norte del Cerro Hosco.

 

Cara este del Cerro Hosco, se observa claramente el corredor de nieve que conecta con el sector somital. 

 

Agujas de roca que se forman en los alrededores del campamento alto.

 

 

La canaleta

 

El ”día de cumbre” partimos muy relajados, bien entrada la mañana: el desnivel es escaso, estimamos 500 metros en un corredor donde solo hay que tomar un par de decisiones, es difícil errar el camino. Cuando arriba desaparece, no nos parece que haya más que un breve tramo hasta la cumbre. Ya veremos como la montaña nos acomoda. Tantos años entre cerros y error de principiantes. 

Marchamos un rato y antes de entrar a la canaleta dejamos los bastones y sacamos los dos piolets. Para nosotros el terreno es simple, estamos acostumbrados, tantas montañas peruanas nos enseñaron esto, una larga escalera de pintor un movimiento tras otro, casi todos calcados. Pero ya se sabe…ni un solo error porque las ”técnicas de autodetención” en estas pendientes no operan. 

Gervasio siempre adelante marcando pequeños escalones, en general de ”medio pie”. La inclinación parece mantenerse sobre los 40 o 45 grados, hacemos un cómodo descanso en un lateral. Lisandrito sufre cuando pasa a encabezar porque justo el canal se estrecha e inclina hasta lo que se siente casi vertical. Yo siempre en tercer lugar, para mi el tiempo de abrir huella término. Como mis compañeros son un poco atletas, voy contento de poder seguirlos sin consideraciones especiales.

Subiendo la canaleta con dos piolets, movimientos sencillos pero que no toleran errores.

 

Mis compañeros en el primer descanso en la canaleta, más cómodo imposible.

 

Lisandrito pasa a encabezar la marcha en un sector en que el canal se estrecha y empina.

 

Saliendo del couloir estoy acomodando un pequeño montículo para señalar la entrada y evitar un extravío. (Foto Lisandro Arelovich)

 

El amargo fruto de la subestimación

 

Cuando el couloir termina y hacemos un descanso. Enseguida nos damos cuenta que no es lo que pensábamos, es un sitio empinado con feos precipicios de roca encima y al costado derecho. Nadie se siente cómodo. De golpe pasamos del optimismo a cierto temor mudo, no es como lo habíamos planeado… La hora avanza, la cumbre se hace dudosa. ¿Debimos partir antes?

Gervasio hace lo único que el terreno permite, una travesía horizontal por nieve hacia la izquierda. Elevo un par de torres de roca en la entrada de la canaleta, no quiero ni recordar qué pasa cuando uno le erra a este tipo de pasos. 

Aprovechando la tecnología de los MDE, hemos confeccionado un mapa de la zona somital que sitúa la cumbre a nuestra derecha. Pero no podemos confiar, estas tecnologías fallan con tanta pendiente. Además hay un largo filo cumbrero y la mayor altura puede estar en cualquier extremo, a ojo nos parece que lo más alto se eleva a la derecha. 

Ni se nos ocurre atarnos, estos no son los Alpes. No es valentía, es que el remedio sería peor que la enfermedad, la cuerda multiplica riesgos. Nuestra situación me devuelve a la rigidez doctrinaria que tan convencidos predicamos, la que pasamos años enseñando fervorosamente. ¿Tiene algún valor en un lugar así? ¿Deberíamos enseñar que entre roca desmoronada la ciega repetición de reglas puede empeorar las cosas? 

Gervasio debe regresar un poco, es mejor escalando unos atléticos pasos en roca que llevan directamente hacia las torres descompuestas que sostienen el filo. Todo es incómodo, hay dudas, ahora ganamos altura por discontinuos resaltes de roca sucia emergiendo de la nieve. 

Hay una decisión a tomar: seguimos por los riscos o –de algún modo– usamos una empinada pala nevada a la izquierda. Lisandrito ya escaló hasta la base de los riscos, pero hay oportunidad de desescalar por roca para tratar de empalmar la pala de nieve.

Alcanzo a Lisandrito y –tal vez porque la conexión con la pendiente de nieve no se ve y la intuyo compleja o porque al adelanto de mi compañero me desubico– sigo para arriba, entre riscos. Posiblemente es un error.

Traspaso sin darme cuenta la frontera del ”voy a ver si se puede” y quedo atrapado ganando altura. Ya no tengo acarreo o nieve a mis pies, hay exposición. La roca seguramente se ríe de mis temores: cada vez que tomo o piso lo hago con tanto cuidado… Finalmente un feo paso lateral, uno de blanco o negro, pasar o regresarse. No se puede caer. Tanteo, trato de levitar y la roca se sostiene y paso. Después Gervasio diría que es un ”segundo grado”, yo un ”tercero”. Una divergencia absurda porque resume esta tara de tratar de usar una escala inadecuada, lo complicado no es lo atlético sino la incertidumbre: el que viene atrás apenas tiene una fracción de la que experimentó el primero…

Nos reunimos en el filo, más alegres por haber dejado el abismo que por el paisaje: no estamos en la cumbre…hacia la izquierda, lejos, hay algo más alto. Estamos cansados, anímicamente se diría, además pesa el regreso. 

Voy a mirar, estoy acostumbrado a estas cosas, no vamos a hacer lo que nunca hicimos. Estar tan cerca a algunos les inspira poéticas excusas. ”Esta es mi cumbre”, ”No hago cumbre por razones espirituales” o tantos ingeniosos inventos.

–A la derecha el filo baja a un collado y vuelve a subir– digo no muy convencido al regresar de la exploración–. No puede llevarnos más de diez minutos.

Gervasio, me semblantea, piensa que parezco más optimista, se levanta y en equilibrio vuelve a abrir huella.

Finalmente nos asomamos hasta donde se puede. Confirmado, no hay más para subir, ni adelante, ni atrás ni en los espantosos abismos de los costados. El viento, ausente. La temperatura ideal. Una bellísima tarde cordillerana. 

Lisandrito eleva una apacheta, así le decimos a la primitiva construcción de piedras que levantamos entre dos opuestos. Sostener el equilibrio, sobresalir del entorno, resistir sismos y tormentas. Explicar en su lenguaje mineral que el equilibrio geológico fue perturbado, que sin dudas, alguna vez aquí hubo hombres. Puede que desde su escritorio algún “dueño de las palabras” nos censure por usar este término. Pero también nosotros, después de haber levantado decenas de apachetas en montañas sin ascensos previos, tenemos el derecho de sentirnos entrelazados con la cultura que acuñó la palabra, con quienes subían las montañas sin razones prácticas, por puros motivos del espíritu. Por eso no decimos ”torre de piedras”, ”pirca”, ”mojón” o ”cairn”. Decimos apacheta ya que, en todo caso, en medio de paisajes desolados donde es poco probable que vuelvan los humanos, el acto de elevar este pequeño símbolo es profundamente ceremonial.

Lisandro en la cumbre del Cerro Hosco.

 

Mis compañeros con su elcectico equipo de escalada y la apacheta cumbrera a su derecha. 

 

Mejor nos sacamos los grampones

 

Ahora hay que regresar, sabemos en que nos hemos metido, no hay muchas cuestiones. 

﹣¿Y si bajamos por esta pala de nieve?– propone Gervasio 

﹣No se ve dónde termina. ¡Volvamos por donde vinimos! –En esto de cambiar de camino soy el más conservador de todos, demasiadas cosas me pasaron. 

Y otra vez puede que sea un error, es la misma pala de nieve que se veía desde abajo…

En el filo veo una roca que parece sólida, la rodeo con una vieja cinta tubular de Lisandrito y lanzo un rapel de 30 metros con la cuerda simple, después veremos… El equipo de escalada de mis amigos es raro, una mezcla de lo que se usaba en la década del 90 con toques de sofisticadas piezas ultralivianas. 

De a poco, a pesar de un grueso error que no voy a describir, pierdo altura. Todo es dudoso, especialmente el anclaje del rapel. Se termina la cuerda y me aparto, mis compañeros van a venir acompañados por una catarata de cascotes. Primero Gervasio y después Lisandrito, que para recuperar la cuerda la repliega en doble, baja sus 15 metros, y desescala el resto.

Sorprende la rapidez de la vertiginosa bajada. 

–Mejor nos sacamos los grampones  –propone Gervasio.

–Para no engancharse – apoya Lisandrito.

–Como digan –contesto más resignado que convencido. Me siento y aprovecho a abrigarme.

–Y mejor guardar un piolet…

–Como quieran…

“No se que esperan”, pienso, “con esta pendiente no hay autodetención posible”. 

La mano sin piolet va todo el tiempo contra la nieve. Por suerte, como el aire está reseco y frío, el mitón no se moja. 

–Sin este clima perfecto no subíamos… – comenta Lisandrito mientras cuidadosamente patea para formar escalones. 

Al entrar a la canaleta nos abandona el sol, ocaso prematuro sobre el filo cumbrero. A las cinco o seis de la tarde estamos en la carpa, a pesar de ser tres personas no lo sentimos estrecho. Estamos contentos, llevó años completar esta escalada. Creo que para Lisandrito debe haber sido uno de sus mayores retos. Gervasio hacía un cuarto de siglo que no se enfrentaba con estas pendientes, incluso trajo las piquetas de aquel entonces, las legendarias pirañas. Por mi parte, burlándome de mí mismo, repito para mis adentros las palabras del legendario fondista africano, Said Aouita, ”el león no ha muerto”.

Sobre el filo cumbrero
 

Arrojando la cuerda para el rapel, se puede ver detrás una cinta color violeta, típica de la escalada varias décadas atrás. (Foto Lisandro Arelovich)
 

Gervasio rappelando
 

Comienza el descenso, es temprano pero el sol se oculta tras la cumbre del Cerro Hosco.
 

Ya seguros en el interior del corredor que nos lleva al campamento unos 400 metros abajo. 

 

Ya seguros en el interior del corredor que nos lleva al campamento unos 400 metros abajo. 

 

Personas arriba, rocas abajo

 

La primera parte de la primera jornada de bajada transcurre sin novedad, vuelvo a pensar en cómo fue posible que con Ramiro bajáramos toda la quebrada en una sola jornada… Almorzamos en el segundo campamento, recogemos las zapatillas, pero no las usamos, seguimos con botas de montaña para atravesar el ”mal tramo”. No somos adoradores de la seguridad de laboratorio, pero por las dudas volvemos a ponernos el casco.

Da comienzo lo que va a ser el momento más riesgoso de toda la excursión. Lentamente, con cuidado y paciencia, atravesamos los primeros cientos de metros del mal tramo en diagonal de derecha a izquierda hasta quedar al pie del frente de un gran glaciar de escombro que proviene de una lúgubre cavidad lateral. Sabemos que subiendo evitamos el descalabro que puebla el centro del Valle. El problema es que bajo la apariencia de una ladera empinada y cubierta de roca fina, se esconde terreno helado donde la bota no consigue pisar. 

–Podemos subir si trepamos por ahí – digo apuntando a una inestable acumulación de grandes bloques. 

Mis compañeros muy de acuerdo no están, pero suben. Sigo a Lisandrito variando el trayecto hacia la izquierda, diez metros detrás viene Gervasio justo debajo mío. Cuando tomamos altura y estamos a metros de salir, la capa de grandes rocas que usamos empieza a moverse. Primero no preocupa, es habitual, se inestabiliza lo que se pisa. Pero con alarma, observo que bastante más arriba piedras de gran tamaño también se ponen en movimiento. Enseguida toda la enorme masa pasa a mi lado pasa acelerando. Si me toca, me lleva. No se si por suerte o agilidad la evito y consigo no caerme. Me desespero por Gervasio, está en el trayecto y las rocas más grandes ya tomaron velocidad y ruedan. Gritos, confusión, un terregal y lastimaduras que se sentirán a la noche. 

Pero todo termina bien, donde corresponde, nosotros arriba, las rocas abajo. 

Un par de extravíos, un descenso controvertido sobre otro frente de glaciar de escombros y vivaqueamos en la hermosa playa rocosa del primer campamento. Lisandrito trata de hacer un fuego pero el asunto no es sencillo. Esta noche es una de las maravillas de la montaña, posiblemente todo lo otro, el viaje, el cerro y la escalada, sean puras excusas. 

Ultimo vivac

 

Por la mañana sigue el descenso tranquilo hasta que llegamos donde comienza a correr el arroyo y la quebrada vuelve a mostrar carácter. Lisandrito trajo su calzado “de trekking”, en cambio con Gervasio estamos al límite con nuestras viejas zapatillas de correr. Paramos a hacer reparaciones, como están no llegan abajo.

Incluso los guanacos parecen ser víctimas de este terreno, las huellas son indecisas, débiles, se pierden, cambian de lugar. Lo mejor es apegarse al lecho seco del arroyo. Rocas grandes redondeadas por el agua, un ejercicio agotador para la mente, concentración y equilibrio. Es media tarde cuando volvemos a cruzar el Tupungato. Marchamos hasta Punta de Vacas, aprovechando a observar en el camino algunos vestigios arqueológicos en la gran pampa que forman los ríos Tupungato y Cuevas.

 

Capacidades y dificultades

 

No encontrando evidencia de ascensos o denominaciones -siempre con la posibilidad de que con los años aparezca otra información- hicimos uso del ”derecho toponímico” del primer ascensionista y denominamos la montaña por lo esquiva y áspera. Medimos 5.109 m (GPS en la cumbre), dominancia (relación entre altitud absoluta y desnivel entre la cumbre y el collado que la une a la cima más cercana de mayor altura) mayor al 7 %, lo que la hace ”montaña” en la clasificación orometrica de Eberhard Jurgalski. 

La dificultad integral del ascenso comprende el Río Tupungato, falta de información (no solo por tratarse de un primer ascenso), distancia sobre terreno sin sendas, necesidad de autonomía “integral”, sobrellevar el ”mal tramo”, incertidumbre meteoróloga y la carencia del equipo de escalada ideal debida a que al no ser el acercamiento de horas sino de días, el peso es condicionante. 

Pero en las ”escalas de dificultad” poco se valora eso porque están elaboradas para zonas donde los acercamientos a la montaña son breves, donde suele haber una bonita localidad turística al pie de cada montaña, revelando una visión un poco ”provinciana” cuando son postuladas como universales por los que creen de buena fe que la amplia diversidad de los cerros del mundo se reduce a ”lo que ven por la ventana”. 


Parte Final, ruta
 


Adrian Petrocelli
 


Ramiro Casas 

 

El tramo final de la escalada (unos 500/600 m) tiene algunos pasos de II y III grado en roca descompuesta y difícil de asegurar, 45 ° constantes en buena nieve con resaltes más empinados (diríamos hasta 60°). Podría estimarse en un PD+/AD- escala alpina, apenas más sencillo que el Matterhorn por la arista Hornli o la normal al Chopicalqui si, como se ha explicado antes, el acercamiento a la montaña fuera de horas y no de días:  así es que valorar la dificultad del cerro Hosco con la escala alpina acarrea una subestimación.

Se escucha decir que el único mérito en subir montañas desconocidas es soportar la molestia de la distancia, que son fáciles, que no están ascendidas porque hay que caminar demasiado. El cerro Hosco, como muchas otras montañas que hemos subido -que después de décadas se mantienen sin repeticiones- es además “técnico”. Lo que en realidad ocurre es que la distancia y sus consecuencias de reducción de equipo, mengua de la seguridad, problemas ante emergencias, ausencia de “ ventanas”, son inconvenientes poco comprendidos por quienes no lo experimentan.

Esto nos lleva a una última pregunta

¿Por qué estas bellas montañas siguen en el anonimato? 

No ayuda que pocos tengan el tiempo o la paciencia de demorarse más de tres o cuatro días sobre los cerros. Parece que lo que se busca es ”la ventana” y se regresa, cuanto más rápido, mejor.

Seguramente también existe una cuestión estética, los escenarios alpinos, con su contraste de roca, nieve y bosque son muy atractivos, sin soslayar que  también materia de belleza hay imposiciones culturales. Siempre nos preguntamos: ¿Cuáles serían las preferencias paisajísticas si en vez de Chamonix y el Mt. Blanc los aristócratas ingleses hubieran veraneado en la Puna?

Pero además hoy el andinista argentino -y no solo el argentino- parece moverse como si estuviera en el centro de Europa; sin valorar que los grandes espacios y las montañas poco recorridas plantean un desafío que en el viejo continente se ha perdido casi por completo. 


Lisandro Arelovich
 

Gervasio Fierro




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