
El complejo montañoso Nevado de Chañi se localiza entre los meridianos 65º42’ y 65º48’ O, y los paralelos 24º00’ y 24º10’ S. Su pico más alto alcanza los 5896 metros sobre el nivel del mar (en las coordenadas 65º44’ O y 24º03’ S), consolidándose como la mayor altitud de Jujuy y una de las cumbres más prominentes de Salta. Esta mole resalta dentro de la extensa cordillera del mismo nombre que funciona como frontera natural entre ambas provincias. En este mismo cordón destacan otras elevaciones que superan los 5000 metros, repartidas entre los departamentos de General Belgrano (Jujuy) y Rosario de Lerma (Salta), entre las que se encuentran los cerros Cortaderal (5463 m), Paño (5517 m) y el Nevado de Castillo (5565 m).
En el Chañi se localizan más de una decena de yacimientos arqueológicos repartidos a distintas altitudes, los cuales llegan a cubrir una diferencia de nivel de casi 2000 metros.
En 1905, durante una expedición militar en el cerro Chañi, el teniente coronel Eduardo Pérez quien tendría datos aportados por el arqueólogo sueco Eric Boman que había ascendido la montaña entre 1901 y 1903, descubrió el cuerpo momificado del niño junto a su ajuar funerario compuesto por varios textiles, una ojota, un botón y una varilla de caña.

El registro histórico y arqueológico más preciso sobre la actividad humana en el macizo proviene de las investigaciones del célebre arqueólogo sueco Eric Boman. En 1901, Boman se unió en Salta a la expedición científica sueca liderada por Erland Nordenskiöld (de la que también formaban parte el botánico Robert Fries y Eric von Rosen). El objetivo de este equipo era estudiar la antropología y el pasado del Noroeste argentino, y el Nevado de Chañi se convirtió en uno de sus desafíos principales.
Al explorar los faldeos de la montaña con el propósito de investigar sus secretos, Boman y el equipo descubrieron de manera fortuita los restos de un antiguo asentamiento y una explotación minera abandonada en las laderas del macizo.
El hallazgo arrojó luz sobre dos aspectos históricos fascinantes:
El primero fue las viejas minas de plata: Las estructuras de pircas, plataformas habitacionales y socavones colapsados correspondían a antiguas labores mineras de plata y plomo. Los registros regionales asocian estos trabajos a la etapa colonial y, particularmente, a las misiones de la Compañía de Jesús (Jesuitas), quienes explotaron artesanalmente el área hasta su repentina expulsión del continente americano en 1767.


El segundo el enigma de la moneda del "Rey Sol": Lo más sorprendente del descubrimiento ocurrió entre los escombros y las ruinas de piedra del campamento minero. Allí se halló una moneda francesa con la efigie del rey Luis XIV (quien gobernó entre 1643 y 1715). La presencia de esta pieza a semejante altitud sugiere el tránsito o la inversión de aventureros, técnicos metalúrgicos o comerciantes europeos en las colonias españolas siglos atrás, muy probablemente vinculados al contrabando de metales preciosos que florecía en el Virreinato.
Esta campaña de 1901 marcó un hito. El propio Eric Boman consolidó estos hallazgos en sus publicaciones pioneras de 1903 (y posteriormente en su obra cumbre de 1908, Antiquités de la région andine), dejando constancia tanto de la minería histórica como del profundo carácter sagrado que el Nevado de Chañi tuvo desde tiempos del Imperio Incaico.
Tras ser extraído de la montaña sagrada por la expedición militar, el cuerpo momificado y su ajuar fueron enviados en 1905 como una donación formal por parte del teniente coronel del Ejército Argentino, Eduardo Pérez. El destino de las piezas fue el Museo Etnográfico, institución que por entonces dirigía el célebre pionero Juan B. Ambrosetti —cuyo nombre lleva el museo en la actualidad— y que depende de la Universidad de Buenos Aires (UBA). A diferencia de otros restos, el museo decidió retirar el cuerpo de la exhibición pública desde hace décadas, manteniéndolo resguardado en sus instalaciones durante 121 años, período en el cual se pudieron realizar múltiples y variados estudios científicos.

Los registros institucionales y las cartas de la época confirman que Juan Bautista Ambrosetti (primer director del Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, fundado en 1904) estructuró la formación de las colecciones a través de lo que hoy se analiza como una red de colaboradores no arqueólogos.
La directiva de la época: Ambrosetti mantenía correspondencia activa y solicitaba formalmente a maestros de escuela de frontera, viajeros, exploradores y personal del Ejército Argentino en misiones territoriales que "recolectaran" y remitieran al museo cualquier objeto, fósil o resto humano que hallaran en sus campañas.
A principios del siglo XX, esta era una práctica habitual de la antropología y la arqueología positivista a nivel mundial. El despojo y la extracción masiva de restos humanos eran considerados "actos de producción científica naturales" para el inventario y estudio de las razas y culturas americanas.
En la actualidad El museo adopta una perspectiva de reparación histórica. Se reconoce que los restos humanos no son objetos de propiedad estatal o universitaria, sino ancestros que pertenecen a sus comunidades vivas y a sus territorios de origen.


Desde la cosmovisión andina, el Chañi sigue siendo un Apu, (Montaña sagrada) vinculada con la vida, el agua, la espiritualidad y la protección de los territorios. El Nevado de Chañi forma parte del patrimonio natural, espiritual y cultural de los pueblos indígenas de la Puna jujeña.
El término “apu” significa en quechua señor grande, juez superior, curaca principal o rey. En la cosmovisión andina prehispánica representaban a las deidades tutelares representadas en diversos elementos de la naturaleza, principalmente en las montañas, que se encargaban de controlar los fenómenos meteorológicos y la vida de las personas de las aldeas próximas. Se les rendía culto y hacía ofrendas conformes a las necesidades y exigencias del apu. Así se infiere que el niño fue ofrendado como parte del ritual sagrado inca conocido como capacocha, una ceremonia en la que se realizaban ofrendas en santuarios de altura para asegurar buenas cosechas, el clima y la protección de la tierra.


Durante mucho tiempo, las comunidades originarias de la Puna jujeña reclamaron el retorno de este ancestro. En mayo de 2026, el Museo Etnográfico de la UBA efectivizó la restitución de sus restos a la comunidad de El Angosto y referentes indígenas de la región.
El cuerpo fue finalmente trasladado de regreso a su territorio ancestral, un hito sin precedentes en la provincia de Jujuy lo que fue considerado por algunos como un gran acto de reparación histórica y espiritual para los pueblos originarios.
Por eso, la restitución tiene para las comunidades originarias un profundo valor comunitario y simbólico. No tratándose solamente de un regreso de restos humanos, sino del retorno de ancestros a su territorio de origen.


Entender el funcionamiento del imperio incaico resulta fundamental para finalmente comprender este tipo de sacrificios como ofrendas.
El Tahuantinsuyo (imperio Incaico) estaba dividido en cuatro regiones o suyos, el Chinchaysuyo (Norte): El bloque noroccidental, rico en agricultura (abarcaba el norte de Perú y Ecuador), Antisuyo (Este): La región orientada hacia la ceja de selva y las yungas amazónicas, Contisuyo (Oeste): La división más pequeña, que se extendía hacia la costa sur del Pacífico peruano y finalmente, El Collasuyo (Qullasuyu). Era, de hecho, el territorio más extenso de los cuatro y correspondía a toda la región del sur y sureste del Cuzco.
El Estado imperial más extenso de la América prehispánica (El INCA), consolidó su poder mediante una formidable maquinaria militar, administrativa y religiosa. Lejos de la visión idílica de una integración armónica, la expansión incaica hacia el sur —especialmente sobre el Noroeste Argentino (NOA) y el centro de Chile— combinó la diplomacia coercitiva con una profunda violencia estructural encaminada a desestructurar a las sociedades locales.

La incorporación de los territorios del sur, integrados en la provincia del Collasuyo, se intensificó a partir de los reinados de Pachacútec y Túpac Inca Yupanqui en el siglo XV. Al avanzar sobre los señoríos diaguitas, omaguacas y atacamas, el Cuzco implementó una estrategia geopolítica basada en la asimilación forzada.
Para doblegar la resistencia de los pueblos conquistados, el Estado incaico recurrió a la fragmentación territorial y al desarraigo. Mediante el sistema de mitimaes, poblaciones enteras de las periferias eran trasladadas forzosamente a miles de kilómetros de sus hogares para romper sus lazos identitarios y mitigar el riesgo de rebeliones, mientras que colonos leales al Cuzco eran introducidos en las nuevas zonas de frontera. La dominación económica se sellaba a través de la mita, un tributo laboral obligatorio destinado a la producción agrícola estatal, la minería y la construcción de infraestructura militar, como los pucaras (fuertes) y la red vial del Qhapaq Ñan.

La sumisión de las provincias periféricas no solo se dirimía en el plano material, sino fundamentalmente en el simbólico y religioso. El mecanismo supremo de legitimación del poder soberano del Inca sobre la vida y la muerte de sus súbditos era la capacocha (o qhapaq hucha), un ritual de sacrificio humano que involucraba el traslado y la ejecución de niños y adolescentes indefensos en las cumbres de las montañas más altas de la cordillera andina.
Las víctimas, caracterizadas por su extrema vulnerabilidad, eran seleccionadas por el Estado o entregadas por los curacas locales como tributo de sangre y muestra de lealtad absoluta al emperador. La bioarqueología contemporánea ha demostrado que, meses antes del sacrificio, los niños eran extirpados de su entorno comunitario y sometidos a un estricto control corporal y alimentario por parte de la burocracia cuzqueña, que incluía el consumo pautado de alcohol (chicha) y coca para mantenerlos dóciles durante las extenuantes procesiones hacia las cumbres sagradas, los apus.

Santuarios de alta montaña como el Nevado de Chañi (Jujuy) o el volcán Llullaillaco (Salta) funcionaban como marcadores geopolíticos. Al enterrar ritualmente a un niño de los pueblos dominados junto a ricas ofrendas de oro, plata y textiles cuzqueños, el Imperio Inca realizaba una transfiguración de la violencia: el infanticidio estatal se presentaba como un acto religioso propiciatorio para el control del clima y la fertilidad, al tiempo que establecía un mojón de propiedad territorial incontrastable.
La capacocha también puede ser vista como un mecanismo de violencia e imposición estatal incaica y la mirada idílica actual a veces omite las dinámicas de dominación histórica generando debates académicos contemporáneos muy rigurosos.
La capacocha era, en última instancia, la manifestación más cruda de una dominación asimétrica. A través del sacrificio de los miembros más indefensos de las comunidades locales, el Cuzco recordaba de manera perenne a los pueblos conquistados la escala de su subordinación ante el poder central imperial.
La algarabía actual que genera la mirada indigenista invisibiliza lo que también fue la violencia colonial interna (la de los incas sobre los pueblos locales). La antropología contemporánea llama a esto "romantización del pasado prehispánico" o construcción de un "indígena hiperreal", donde se asume erróneamente que las sociedades originarias eran homogéneas y exentas de dinámicas de opresión, guerra o imperialismo.
Hay autores que analizan crónicas coloniales y datos arqueológicos para demostrar que la capacocha y el culto en los santuarios de altura (como el Nevado de Chañi o el Llullaillaco) no eran simples festividades comunitarias pacíficas, sino elaboradas "estrategias de control político y territorial". Al obligar a las provincias conquistadas a entregar a sus niños, el Estado incaico imponía fronteras simbólicas y materiales, quebrando la autonomía de los pueblos locales y ejerciendo una violencia verticalista y soberana.

Exigirle al Imperio Inca que actúe bajo los parámetros de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño de la actualidad es un anacronismo. Sin embargo, el anacronismo actual no está en criticar al Inca por violento, sino en romantizarlo para que encaje en el molde moderno del "buen salvaje" o la "comunidad originaria idílica y pacífica", ignorando que operaba como un estado opresor.
A la hora de emitir cualquier juzgamiento de un acto del pasado es imprescindible basarse en un análisis histórico riguroso (Historicismo) que es una postura que Implica entender el hecho en su propio contexto: la capacocha era un acto brutal de dominación estatal. Reconocer esa violencia colonial interna no es "cancelar" a los incas con la moral de hoy, sino hacer ciencia social rigurosa basándose en la evidencia arqueológica y etnohistórica, en lugar de condescendencia ideológica.
Si bien la ciencia no puede pasar por encima de las creencias y cosmovisiones de pueblos originarios, estos tampoco deben juzgar otras percepciones ni mucho menos los hallazgos arqueológicos de otros tiempos que permitieron hacer los estudios, que en muchos casos hasta han permito recrear usos y costumbres que las mismas comunidades realizan hoy en día. Todo esto en pos de que la ciencia y las creencias no estén contrapuestas sino más bien se complementen.
J. Lucas Sbriglio @lucassbriglio
Mgtr. Vet. Diplomado en proyectos ambientales y culturales
Logística de montaña
lucassbriglio@gmail.com

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