Cuando levanté la cabeza, estaba en shock emocional pero mi voz interior me dijo algo que me quedó marcado … “No hay nada más alto que yo ahora, todo el continente está debajo de mis pies”. y el Coloso de América me dio una postal desde su cumbre que jamás mis ojos podrán olvidar.

El grupo estaba conformado por:
Marcos Villa Kenning “El Chapu”. Tucumano. Guía de la expedición.
Rodolfo Sorato “El Rodo”. Mendocino. Cliente y amigo.
Analia Reyan “Anita”. Cordobesa. Clienta y amiga.
Maximiliano Marcone “La bestia de los llanos”. Santiagueño. Amigo y compañero.
Diego Cruz “Maverick”. Tucumano. Amigo y compañero.
Mauricio Villagra “Jean Claude Van Damme”. Tucumano. Amigo y compañero.
Iván Soria “Tanque”. Tucumano. Autor de esta nota y asistente de la expedición.
La llegada a Mendoza fue el sábado 6 de diciembre por la noche, específicamente a el “Refu-Ex mundo perdido”, un hostel de montañistas en la localidad de Penitentes, Mendoza.
La lluvia caía sobre la tierra mendocina y después de una rica cena caímos rendidos en nuestras camas.
Al día siguiente, 7 de diciembre, preparamos los petates (bolsos de montaña) que llevarían las mulas hacia Plaza de Mulas, mientras que nosotros llegaríamos al primer campamento durante el día.
Previamente, se entregaban los permisos respectivos a los guardaparques de entrada quienes, en esa ocasión nos dieron unas bolsas blancas para depositar allí la materia fecal.
Algunas fotitos en la entrada y empezamos a caminar. Una caminata de no más de 3 horas para llegar a Confluencia.
Para arribar al primer campamento de Aconcagua por la ruta normal, se atraviesa la laguna de horcones, con una vista verde en sus montañas aledañas acompañadas del agua de río. Cruzamos el famoso puente colgante de la quebrada de Horcones que aparece como parte del rodaje de la película Siete años en el Tíbet (1997) y después de un faldeo continuo llegamos a Confluencia.
A una altura de 3400 metros, es el primer campamento del parque provincial Aconcagua. Había instalados varios domos de diferentes colores (colores que representan a las empresas) como por ejemplo: Lanko, Grajales, Inka,etc.
Dos noches en el campamento, entre risas y charlas en la primera noche comentamos entre nosotros lo impresionante que era el campamento. Aunque algunos campamenteros nos decían que estaba bastante despoblado Confluencia. Pude contar más de 40 personas pero el total calculo que no llegaba a 100.
Durante la noche, viví el momento de envidia más grande del mundo : en el domo de una empresa, al pasar caminando, curioseando el lugar, vi pizzas hechas al horno acompañadas de mucho queso y jamón. Sus bordes gordos me hacían pensar que podrían ser rellenas, viendo la escena me consolé pensando que en realidad la nuestra había sido también una buena cena: un gran plato de arroz con cebolla y un poco de salsa.

A la mañana siguiente, 8 de diciembre, nos dirigimos hacia Plaza Francia: un trekking en total de 18 kilómetros con una duración de 5 horas en total. En la llegada al mirador de Plaza Francia pudimos observar la Pared Sur de Aconcagua. Es una de las paredes más imponentes y respetadas de la Cordillera de los Andes y del montañismo mundial. Con casi 3.000 metros de desnivel desde su base hasta la cumbre, se alza como un muro de roca, hielo y nieve que cae abruptamente sobre el Glaciar Horcones Inferior, mostrando el rostro más salvaje del techo de América.
Orientada al sur, permanece gran parte del año en sombra permanente, lo que la convierte en un terreno frío, hostil y técnicamente exigente. Sus canales de hielo, seracs inestables, avalanchas frecuentes y cambios bruscos de clima hacen que cada intento sea una lucha constante contra la montaña y contra uno mismo. No es una vía de ascenso “normal”: es un desafío reservado para alpinistas expertos, con sólida formación técnica y mental.
La Pared Sur fue conquistada por primera vez en 1954, y desde entonces se transformó en un símbolo de compromiso, riesgo y grandeza. Más que una ruta, es un rito de paso: una pared que no se deja subir fácilmente y que exige respeto absoluto. En ella, el Aconcagua deja de ser una cumbre accesible y se revela como una montaña severa, silenciosa y monumental, capaz de marcar para siempre a quienes se atreven a enfrentarla.

Al regreso al campamento Confluencia, presenciamos el rescate de un baqueano que se había accidentado en su mula. —Posible fractura de pelvis, escuché— dijo Rodo. Solo el pensarlo era doloroso. Vino el helicóptero y se lo llevó.Posterior al suceso fuimos al primer chequeo médico. Todo salió bien, signos estables. Meriendita y a relajarse.
La última noche fue pacífica y agradable. Al día, 9 de diciembre, siguiente partimos hacia el campamento base del Aconcagua, Plaza de Mulas.
El trayecto para llegar a Plaza de Mulas es largo, paciente, casi pedagógico. No se llega de golpe: la montaña va marcando el ritmo y también la memoria. En el camino aparecen nombres que pesan por sí solos —Playa Ancha, Piedra Ibáñez— lugares clásicos de descanso y espera, pero también de historia. Piedra Ibáñez recuerda al teniente Ibáñez, militar y montañista argentino, y no es un detalle menor: en el Aconcagua, cada paso parece dialogar con quienes pasaron antes.
Ese día el clima acompañó sin regalar nada. Calor y viento, una combinación típica, exigente, pero con una claridad privilegiada. El Aconcagua se dejaba ver, enorme, presente, acompañado por las siluetas del Tolosa y, más adelante, el Bonete, como si la cordillera se ordenara para recibirnos.
Fueron 24 kilómetros de caminata continua, horas largas que se sienten en las piernas y en la espalda, pero que también afinan la cabeza. Avanzamos lento, constante, y llegamos todos cansados pero felices, con esa alegría silenciosa que solo se entiende después de caminar tanto.
Mauricio Villagra en playa ancha camino a Plaza de mulas.
La llegada a Plaza de Mulas impacta incluso a quienes ya la conocen. El segundo campamento base más grande del mundo, después del Everest, aparece de pronto como una pequeña ciudad en medio de la nada. Carpas, refugios, banderas, movimiento. Después de tantas horas de marcha, verlo ahí, real, tangible, es impresionante.
Para mí no fue solo un punto en el mapa: fue el inicio de algo grande, la puerta de entrada a una expedición que recién comenzaba, y también el momento exacto en el que el Aconcagua dejaba de ser paisaje para convertirse en destino.
Los atardeceres en Plaza de Mulas son más que maravillosos; rozan lo perfecto. Cuando el sol empieza a caer por el oeste, el Aconcagua se deja mirar de costado, y su pared se enciende con los últimos rayos de luz, como si la montaña aceptara, por unos minutos, mostrarse sin dureza.
La sombra avanza lento desde abajo, mientras las cumbres todavía arden en tonos dorados y anaranjados. Es un espectáculo silencioso, breve, que obliga a frenar, a callar, a entender que la jornada termina, pero que algo mucho más grande sigue ahí, inmóvil, observándonos.
El primer día de descanso, 10 de diciembre, aprovechamos para conocer el campamento con luz de día. Muchos domos, diferentes empresas y para mí un mundo de gente. —No hay nadie—nos dijo Leo, campamentero de nuestra empresa. —Años anteriores estaba plagado de gente—
Particularmente, esa observación, me hizo imaginar cómo hubiera sido si “mucha más gente” hubiese estado en esa fecha en Aconcagua. Era diciembre, y averiguando también me dijeron que tal vez en enero punteaba con más clientes cada empresa. Igual, yo ( habituado a las montañas del Norte) estaba acostumbrado a que no hubiera NADIE en la montaña. 15 personas ya era una multitud de gente. Aproximadamente en plaza de mulas en total, habría como unas 100 personas en total, campamenteros, porters, guías, ayudantes, cocineros, clientes, patrulla de rescate, etc.
Plaza de Mulas, en una vista desde arriba.
El día 11 de diciembre, fue una jornada de acción. Porteamos cierto peso hacia el primer campamento de altura: Canadá. Ubicado a 5050 metros de altura, el recorrido es muy corto, pasando por las famosas piedras Conway. Nosotros estábamos llevando todo al estilo alpino. Cada uno llevaba su peso y sin ayuda externa, cada integrante era capaz de ser autosuficiente solamente que todos menos Anita, compartían carpa. La única mujer, estaba sola en su propia carpa.
Ese día porteamos, comida, equipo y un poco de todo en sí. Dejamos todo acopiado en bolsas plastilleras y emprendimos la bajada de nuevo hacia Plaza de Mulas. Por la tarde fuimos a hacernos otro chequeo médico. Salió todo perfecto y empezó a nevar. Era un espectáculo de nieve en pleno diciembre, algo inusual para un tucumano que vive con el calor y la humedad. Descansamos y nos reímos mucho con los grandes amigos que hicimos en el campamento.
Durante la mañana siguiente, 12 de diciembre, descansamos, era nuestro último día en Plaza de Mulas, la cabeza entraba a preguntarte: ¿Serás capaz de aguantar lo que viene? ¿Llegaremos todos?. Algo para mi era más que obvio, como iba como asistente del Chapu ante cualquier percance con alguno de los clientes tendría que bajarme o quedarme con ellos en algún campamento (yo acepté esa responsabilidad afectiva conmigo mismo para no quebrarme en llanto o desilusión después si pasaba un escenario así).
Amaneció, era 13 de diciembre, un sol nos apañaba y alrededor de las 12:00 pm empezamos la marcha hacia Canadá. Porteamos el peso restante. Acompañé a Rodo en toda la subida, paso a paso, y llegamos juntos al campamento después de 4 horas de subida. Al rato de llegar, una tormenta nos azotó. Nieve y frío eran los condimentos de esta tormenta. Empezamos a derretir nieve y filtrar agua. La tormenta aumentó su voluntad de azotar la montaña, pudimos cenar tranquilos y como diría mi amigo “pal sobre” a dormir.


Abrí los ojos a las 07.30am el 14 de diciembre pero el sonido era aturdidor, el viento pegaba a nuestra carpa con tal fuerza que todo parecía que se venía abajo. El grupo decidió aguantar ese día y no subir a Nido de Cóndores porque marcaba un mejor clima al día siguiente. De esta manera haríamos dos noches en Canadá y una noche en Nido de Cóndores. El plan original era al revés, una noche en Canadá y dos noches en Nido de Cóndores pero todos veníamos muy bien aclimatados. Descansar y comer durante todo el día fue la ecuación a resolver.
Ya el lunes 15 de diciembre cambió todo. El día nos encuentra alto, muy alto. Desde Canadá hasta Nido de Cóndores fueron 490 metros de desnivel recorridos en cinco horas y dieciséis minutos, una progresión constante que se siente en el cuerpo y en la respiración. Estamos a 5.500 metros de altura, apenas cincuenta por debajo de la cumbre del Bolsón, allá en Tucumán (una comparación inevitable, casi íntima, para entender dónde estamos parados)
Hoy tocó portear. Mucho peso, mochila exigente, pasos cortos. Mientras avanzaba, no pude dejar de admirar a los porters, que ese mismo día subían con cargas de hasta 40 kilos como si la montaña les hubiera enseñado otra forma de moverse. Yo llevé alrededor de 23 kilos, suficientes para sentir cada metro ganado.
El campamento quedó disperso. Mauri, Maxi y Diego armaron sus carpas unos 200 metros más allá de nosotros, fuera de mi vista. En la altura, esa distancia se siente distinta: el silencio se estira y la noche agranda todo.
Mañana el plan es claro: Plaza Cólera, campamento 3 y último antes del intento final, a 6.000 metros de altura. El ambiente acompaña. El clima es bueno, estable, y eso se nota en los ánimos. Rodo y Anita, a pesar del cansancio lógico después de una jornada larga, están fuertes, enteros, con la cabeza en su lugar. Eso tranquiliza.
El comentario volvió a repetirse durante el día: había poca gente. Se notaba. Muy poca, casi nadie, tanto en Canadá como en Nido de Cóndores. Campamentos amplios, silenciosos, con ese aire extraño que queda cuando la montaña no está saturada de pasos ni de voces.

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Grupo ascendiendo hacia Nido de Cóndores.
Entre charlas breves, Chapu me decía que seguramente, más avanzado diciembre, iba a llegar mucha más gente. Es lo habitual. Pero por ahora no. Y lejos de ser un problema, para nosotros era un lujo. Tener la montaña así, abierta, tranquila, casi en exclusiva, nos permitía estar ahí de verdad, concentrados, sin distracciones.
Más allá de la poca gente, el foco era claro: dar todo. Cada jornada, cada paso, cada decisión apuntaba a un gran objetivo. En ese silencio, con menos carpas alrededor y más espacio para pensar, la montaña parecía ofrecernos algo raro y valioso: tiempo, calma y la posibilidad de intentarlo con todo.
Yo estaba profundamente feliz de haber llegado hasta acá. El entrenamiento previo al Aconcagua fue el correcto. Lo sé. También sé que siempre hay cosas por mejorar, y la montaña se encarga de recordártelo sin necesidad de palabras.
El atardecer en Nido de Cóndores fue de esos que se guardan. La luz bajó lento, tiñendo todo de tonos suaves, y por un momento el frío, el cansancio y la altura parecieron detenerse. Hay algo en el aire que hace que incluso la oscuridad parezca mágica.

El amanecer del martes 16 fue clave, sol y todo despejado. Pocas nubes y un aire puro. Ese día era considerado en la semana como el perfecto para hacer cumbre.
Partimos al mediodía, derretimos agua primero y comimos unos buenos fideos. 4 kilómetros de subida para poder llegar al último campamento de altura: Cólera.
Tardamos unas tres horas aproximadamente con descansos. Cargamos lo justo y necesario para el último campamento previo a la cumbre. Nada más queda que la cumbre detrás de ese campamento. La subida fue como un mantra para mi, concentrándome en cada paso, respirando lo mejor posible. Pudimos observar el campamento intermedio llamado Berlín.
Posterior a esa bella postal, nos agarramos a un cable de metal que había en la montaña para poder avanzar los escasos metros que nos quedaban y ahí llegamos a Cólera. Armamos nuestras carpas y la noche cayó.
Desde allí pudimos contemplar la belleza del Aconcagua de noche, imponente y silencioso. Había muy poca gente en el campamento más alto de la montaña: un grupo de la empresa Inca, algunos de AMG y nosotros. Nada más.
La noche fue un espectáculo en sí misma. Poder decir estoy acá arriba y saber que estaba a punto de intentar algo que muy pocas personas sueñan —y aún menos logran concretar en su vida— le dio a ese momento un peso difícil de explicar.
Al día siguiente, miércoles 17, nos levantamos a las 04:00 de la mañana. Desayunamos y salimos apenas pasadas las 05:30 horas. La jornada fue extensa, y el ataque a cumbre se transformó en una batalla directa, exclusivamente contra la cabeza y el físico.
La jornada tuvo su momento de mayor frío en la hora del alba, cuando el sol comenzaba a salir. En ese instante pude observar al Mercedario cubierto por la sombra que proyectaba el Aconcagua, una sombra que mostraba con claridad qué tan grande es realmente esta montaña.
Todos nos veníamos sintiendo muy bien hasta llegar a la famosa zona de La Cueva. Allí, Mauri, Maxi y Diego avanzaron hacia adelante como los más fuertes y rápidos del grupo, mientras que Rodo, Anita, Chapu y yo quedamos un poco más atrás, caminando a paso firme, constantes.
En lo personal, sentía que estaba viviendo la final del mundo, como aquel 18 de diciembre de 2022. Cada paso tenía ese peso, esa mezcla de tensión y entrega total.

Luego caminamos por la famosa Canaleta para alcanzar el Filo del Guanaco, una subida que nunca jamás olvidaré por lo empinada y lo imponente que es. Para ese momento ya habían pasado muchas horas, y estábamos a punto de concretar lo que más anhelábamos: la conquista del Aconcagua.
En ese momento nos encontramos llegando a la zona final de la canaleta y al inicio del Filo del Guanaco con un señor de la India llamado Antún, a quien se le había roto un crampón. Chapu decidió ayudarlo a repararlo y darle la posibilidad de que pudiera bajar, ya que este hombre no se encontraba en una buena situación de salud ni tenía las herramientas necesarias para arreglarlo. El crampón fue finalmente reparado con un cordín.
El grupo de avanzada siguió hacia adelante: Mauri, Diego y Maxi. Fue Diego quien llegó primero a la cumbre, conquistando el Aconcagua ese día de una manera épica, después de largos y arduos días de montaña. Escuchar su grito cuando me faltaban aproximadamente 20 metros me emocionó incluso antes de llegar.
En ese momento fueron subiendo todos, Diego, Maxi, Mauri, Rodo, Anita y yo. Detrás mío venía Chapu, que sería el último en alcanzar la cumbre. Y cuando llegué arriba, lo primero que se me vino a la cabeza fue… –No hay nada más alto que yo ahora, todo el continente está debajo de mis pies— y el Coloso de América me dio una postal desde su cumbre que jamás mis ojos podrán olvidar.
Los llantos, las emociones, el agradecer. Pensé en todos mis familiares y, en exclusiva, en mi mamá, mi papá, mi hermana y mi pareja que me habían apoyado en cada momento de este gran sueño. Ese sueño, finalmente, se había hecho realidad.
Hicimos cumbre el 17 de diciembre de 2025. Luego concretamos un descenso perfecto, sin ningún problema, y también ayudando al señor Antoun, el indio, a descender de manera correcta para que pudiera llegar a su campamento. Mauri y yo lo asistimos en la bajada hasta que llegó de forma segura a su carpa.
Y así, con la cumbre alcanzada y la vida intacta, la montaña cerró su relato con nosotros. El Aconcagua nos exigió todo y nos dejó algo que no se mide en metros ni en cumbres: una historia que ya nadie nos puede quitar.













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