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Actividades · Viajes y expediciones

Te invitamos a descubrir la travesía a Bahía Torito y Bahía Los Renos en Ushuaia

Raúl Torres nos invita a conocer una de las travesías de trekking más exigentes y espectaculares de las cercanías de la ciudad de Ushuaia. Tres días de alta dificultad, cubriendo 60 kilómetros de terreno técnico, que incluye turbales, bosques y pasos de montaña

Raúl Torres

Raúl Torres

Edición: CCAM Marzo 2026



Un desafío que se convirtió en una increíble travesía

 

Luego de haber realizado una caminata espectacular a las Lagunas Hermanas el viernes 19 de diciembre con mi amiga Lore, el 22 escribí en mi Facebook: “2026 preparate, voy por Bahía Torito, cerro Vinciguerra (la montaña más alta de Tierra del Fuego del lado argentino) y cerro Cornú. Hasta ahora voy cumpliendo.”

Hoy es 25 de enero de 2026 y ya taché a Bahía Torito de la lista con una travesía brutal que me dejó el cuerpo marcado, pero el espíritu más fuerte que nunca.

Exactamente un mes después de anunciar el desafío para el año (del 22/12/2025 al 22/1/2026 aproximadamente), lo concreté. 

No fue casualidad: fue cumplimiento puro. Lo puse en palabras, lo hice público (incluso empecé a mover la curiosidad de Natan para el documental) y aunque dudé si la gente (o yo mismo) me creería, la idea quedó clavada y se transformó en realidad. Ese post fue como el primer paso invisible: el “metro a metro” mental que llevó a los 25 km del día 1, las lagunas interminables del día 2 y el regreso entero por Valdivieso.


Ubicación de la zona de Bahía Torito y Bahía los Renos, Ushuaia, Provincia de Tierra del Fuego

 

Preparación y calentamiento para el gran desafío

 

Desde ese 22 de diciembre fueron pasando los días. Fui realizando caminatas y travesías a las montañas que me sirvieron para ganar fuerza física y mental para lo que vendría después:

  • 4 de enero: Laguna Halcón y Paso de las Aves, en solitario, dando inicio a la temporada de trekking 2026.
  • 10 de enero: Cerro Serrucho completo con Germán.
  • 19 de enero: Desafío TeMaTa, cumbre del cerro Grande con vistas a las lagunas Témpanos, Manutara y Tapado.

 

Como me considero una persona de palabra, comencé a preparar específicamente la travesía a Bahía Torito. Miré el pronóstico del clima buscando la ventana más favorable. Cuando vi que se venían varios días de calor, me dije: “El 22 es el momento”.

Invité a un par de amigos, pero ninguno podía. Así que, como toro terco y obstinado, decidí ir en solitario. Sabía los riesgos y las dificultades: no era una caminata más, sino una travesía muy importante, nada más y nada menos que 60 km en 3 días muy largos, súper alejado de cualquier auxilio rápido. Pero con la conciencia tranquila y muy seguro de mis aptitudes, mi cabeza me dijo: “Dale, vos podés”. Y así fue.

 

Video

 


Día  1 

 

22 de enero: 25 km en 13 horas hasta Bahía Torito

El primer día fue cruel.

Me había propuesto arrancar muy temprano, entre las 4 y las 5 de la mañana, pero el cansancio acumulado me obligó a esperar un poco más y terminé saliendo a las 6:30 hs desde el sendero de los Hacheros (el mismo que lleva a la cascada Bebán, al refugio Bonete y a la laguna Ceniza).

Arrancando la travesía desde la ruta 3.Inicio desde el sendero de los Hacheros

 

Recorrido primer día

 

Antes de encarar, hubo una duda inicial: elegir el Paso Bebán hacia la cascada o tomar el paso por la laguna Ceniza. Opté por Laguna Ceniza, considerando que tenía menos pendientes y que me iba a permitir administrar mejor las energías.

En la ida atravesé mucho barro por la lluvia de la noche anterior. Me crucé con dos chicas muy bonitas que iban hacia la laguna Ceniza. Se sorprendieron cuando les dije que yo seguía hasta Bahía Torito. Las pasé y las perdí de vista. A partir de ahí, la soledad fue total durante toda la travesía de ida.

Primeras cuatro horas de caminata llegando a la laguna Ceniza

 

Entré por el sendero de la laguna Ceniza sabiendo que no iba a regalar nada. La subida fue mortal, de esas que te vacían antes de tiempo: mucho barro, turba muy mojada que te chupaba en sus profundidades. Cuando llegué a la laguna, fue un gran alivio. El color turquesa brillando con el sol me dejó atónito.

Presentando mi libro Las cuatro estaciones de la vida, Ushuaia en primera persona en la laguna Ceniza

 

Ni bien llegué a su orilla me dispuse a descansar un poco. Aproveché para sacar varias fotos y filmar un mensaje para mis hijos: les dije que en estos paisajes es donde me siento más feliz, que es mi lugar en el mundo y que disfruto más recorriendo montañas que estar tirado en una playa como lagarto.

Luego rodeé la laguna y empecé la subida hacia el collado a unos 900 metros de altura, que me llevaba al Paso Bebán. En lo más alto estuve a pocos metros de las lagunas Ceniza superior y Lola.

Dejando atrás la laguna Ceniza

 

La bajada no perdonó: piernas cansadas, apoyos inseguros, pero con una vista panorámica inigualable. Después de una bajada técnica por rocas grandes y arroyos blancos, divisé a lo lejos unas lagunas muy verdes.

Llegando al col que me introduce de lleno al Paso Bebán

 

En mitad de esa bajada encontré algo que me llamó la atención: un par de medias negras con inscripción Spyder. Las recogí y seguí descendiendo hasta llegar al bosque quemado. Ahí el paso se volvió más lento y la cabeza más sensible.

Descendiendo por el Paso Bebán hacia el bosque quemado de Bahía Torito donde se estima que alcanzó unas 1700 hectáreas

 

Transitando por el bosque quemado de Bahía Torito, ocurrido en 2012

 

El lugar era tenebroso, triste. Imaginaba a los árboles llorando, sufriendo; cada tronco quemado, aún con vida, pidiendo ayuda.

Una gran cascada brotaba de entre las rocas rumbo al Fagnano. Seguí descendiendo por otra cascada muy torrentosa; tuve que pensar muy bien por dónde bajar, era como un embudo con paredones a los costados. Crucé varias veces el río.

 

 

El bosque, quemado y minado de árboles caídos

 

Cuando entré al bosque quemado pensé que iba a ser sencillo porque no había arboleda que me dificultara el andar… pero no: el terreno estaba minado de árboles caídos que hicieron muy complejo esquivarlos. El suelo engaña y el silencio pesa.

Bosque arrasado por el fuego en cercanías a Bahía Torito

 

En el último tramo, a unos 4 km de Bahía Torito, encontré por fin el sendero marcado. Se notaba que en el pasado hubo mucho trabajo para sofocar el gran incendio. Vi árboles tallados; uno en particular me impactó: parecía una persona pidiendo ayuda al cielo. Tal vez por lluvia, tal vez por amor y compasión.

Bosque tallado y pintado luego del incendio en el año 2012

 

Unos metros más adelante encontré un gran tesoro: unas enormes frutillas. Me tiré de cabeza a recogerlas y saborearlas. Después de saciarme seguí los últimos metros.

Bosque tallado  en forma de pie en  punta, para crear conciencia

 

Donde hubo fuego cenizas quedan y donde hubo un árbol, también se crea arte

 

Árbol quemado, tallado en forma de figura humana, como orando al cielo o pidiendo compasión y cuidado

 

 

 

Llegada a Bahía Torito

 

Cuando finalmente llegué a Bahía Torito no podía creer tanta belleza: varias casas, un jardín precioso, pinos plantados a orillas de la bahía. El sol hizo que todo se luciera mucho mejor.

 

Bahía Torito en todo su esplendor

 

Llegada a la famosa Bahía Torito, luego de 13 horas en solitario

 

Buscando entre las casas me dirigí a lo que me parecía una hostería. Allí me recibieron los dueños con una amabilidad inolvidable: una adolescente (Camila) me trajo una jarra de agua bien helada, después café con galletas. Luego apareció Gabriel, el papá de Camila, quien me contó que la laguna Camila fue bautizada por ella.

Hablamos un rato largo de todo un poco. Pedí que me compartieran el wifi y pude llevar tranquilidad a mi hermano Alfredo y a mi hijo Agustín: les dije que estaba bien y que todo iba según los planes.

Siendo cerca de las 20:30 horas, le pregunté a Gabriel la distancia aproximada a Bahía Los Renos. Con mucha paciencia y conocimiento me indicó que estaba relativamente cerca: debía seguir por la costa del Fagnano hasta unos acantilados y que en la parte más alta me iba a encontrar con una mesa hecha de troncos, grande como para 10 personas.

Cuando ya me estaba yendo, me ofreció pan. Ese gesto fue una señal clara: sabía el esfuerzo al que me había enfrentado y lo que me esperaba aún.

 

El atardecer me regaló una vista impresionante

 

Alrededor de las 22:00 decidí parar allí, en esa mesa grande, para armar la carpa y prepararme a descansar. Después de tener todo listo comenzó un atardecer de locura: el cielo y el Fagnano me regalaron una vista impresionante de colores. Los mosquitos estuvieron muy molestos, pero como estaba bastante tapado no tuve problemas.

Lago Fagnano, buscando dónde acampar

 

Cuando el cielo se oscureció me metí en la carpa, cené una sopa de fideos con salsa, me tomé una muy merecida lata de Gancia y descansé.

Preparando la mesa para cenar acompañado de mi libro

 

Preparando para pasar la noche a orillas del lago Fagnano

 

Disfrutando de un hermoso atardecer antes de dormir

Día 2 

 

Recorrido segundo día

 

Rumbo a las lagunas y campamento en Valdivieso.

El clima también jugó su parte.

 

Me levanté temprano, alrededor de las 6:30 horas. Preparé unos mates antes de levantar campamento. Ni bien tuve todo en orden comencé a casminar con dirección a Bahía Los Renos. Estuve muy cerca; la bahía se veía hermosa, pero el cielo amenazó con lluvias cercanas.

Arrancando el 2° día, para ir a Bahía Los Renos

 

Tanto el primer día como este segundo tuve que tomar muchas decisiones importantes, rumbos inciertos.

Cuando estaba en esa bahía veía una senda, pero no quise seguirla sin tener seguridad de que me llevara hacia las lagunas. Así que retrocedí hasta la mesa y seguí avanzando hasta encontrar la senda que me llevaba hacia las lagunas, tal cual me había indicado Gabriel.

Iniciando el ascenso al Paso Valdivieso

 

Comencé a alejarme del Fagnano, ganando cada vez más altura. El bosque estuvo bastante señalizado al principio; luego las marcas se fueron desvaneciendo hasta que perdí las huellas y me interné en el bosque hasta llegar a la bahía pero del otro lado.

Dejando atrás Bahía los Renos, introduciéndome en el Paso Valdivieso o 7 Lagunas

 

Con instinto montañés

 

Rodeé esa bahía y seguí cuesta arriba, donde logré encontrar nuevamente las huellas y las seguí. Mi instinto montañés me hizo frenar, analizar la situación y leer el terreno. Avancé con cuidado, eligiendo por dónde era más accesible subir, hasta que las huellas volvieron a aparecer.

Todo parecía más sencillo cuando iba por la senda, aunque con el peso de la mochila no fue así. Varias veces tuve que trepar por algunos acantilados y grandes desniveles para acceder a las otras lagunas. Para llegar a cada una exigía como si fuera la última… y nunca lo era.

Comenzó a llover finito y eso me obligó a ir más lento, a tomarme más tiempo del previsto. Cuando parecía que se terminaba, aparecía otra laguna, y después otra más. Al principio estaba muy motivado, contento por esas bellezas y sus paisajes. Todas eran enormes, con formas diferentes. Cuanto más alto subía, más me enamoraba de ellas. Sus colores y tonos verdosos eran un deleite para la vista.

Seguí subiendo: fue largo, casi criminal. Me quemaba las piernas. Cada paso fue analizado con cuidado, midiendo apoyos, pensando para no resbalar, no caer, no perder lo ya ganado y tener que volver a subir.

Hubo subidas que me dejaban sin aire, pero me recargaba al instante al ver las lagunas y paisajes de una belleza abrumadora.

 

Me enamoré del lugar

 

En la tercera laguna me enamoré del lugar: me topé con una cascada enorme, con un gran salto que descendía por paredones de color negro y gris. Saqué varias fotos, filmé videos y miraba hacia atrás y abajo todo lo que había logrado.

Cascada sin nombre, mientras ascendía hacia las lagunas

 

Después continué subiendo por la orilla izquierda de la cascada, metido en el bosque, siguiendo las huellas. En un punto se hizo muy pesado seguir cargando la mochila; tuve que hacer varios micro descansos. 

Superando la parte más difícil y cerrada del bosque en el Paso Valdivieso 2

 

Proseguí a pesar del peso. Minutos después vino otra laguna, más espectacular aún que la anterior, y una cascada que descendía hasta caer en la misma.

Allí hice una parada más larga: me senté alrededor de las 16:00 horas para comer algo, tomar unos mates y recargar mi botella de agua.

Superando la parte más difícil y cerrada del bosque en el Paso Valdivieso

 

Escalando, trepando, avanzando

 

Continué subiendo por el bosque y algunos turbales. Estaba cada vez más alto; observaba hacia los costados los cordones montañosos y me di cuenta de que faltaba cada vez menos.

Siguieron apareciendo más lagunas, esta vez más cerca unas de otras. Fui observando con detenimiento y pensando cuánto faltaría para llegar a la última. De las que vi no reconocía el lugar donde había estado el año pasado, así que seguí sorteando una por una, escalando, trepando, avanzando.

El tiempo no se detenía, la lluvia tampoco, pero me decía a mí mismo que debía avanzar, llegar como sea a la última mientras hubiera luz.

Dudé varias veces, no lo niego. Pensaba en quedarme allí, pero desde el inicio me había puesto una consigna clara: llegar a la última laguna antes de parar. Y la respeté.

Laguna Mariposa en el Paso Valdivieso

 

Rodeando la laguna Mariposa, siguiendo algunas pocas huellas

 

Cuarta laguna escalonada del Paso Valdivieso

 

Paso de las 7 lagunas

 

Catorce horas de subidas hasta armar el campamento. Recién ahí, a las 21:30 horas, solté el peso a orillas de la laguna Valdivieso. Armé la carpa entre los arbustos para protegerme del viento, cubrí la carpa con una lona, me preparé a pasar la noche. Otra vez cené sopa, tomé unos mates. No hubo festejo: hubo silencio y alivio.

A pesar del mal clima pude dormir bien, sin pasar frío.

Finalizando el Paso Valdivieso a las 22h, luego de 14 horas de caminata

 

Día 3 

 

Recorrido tercer día

 

Regreso por Valdivieso: resistencia pura.

Doce horas largas, casi 20 km.

 

Amaneció lloviendo y con fuertes vientos. Le pedí a Diosito que me ayudara en este último tramo, que despejara el cielo y que cesara la lluvia. A medida que descendía por un arroyo, el sol fue apareciendo lentamente.

Viví algo épico, similar a lo que sentí al subir el monte Olivia: el viento nos empujaba de abajo hacia arriba. Las lluvias cesaban, el sol aparecía de a poco y aunque el viento fue un factor determinante, lo sentí empujándome sobre la espalda, como si me ayudara a seguir avanzando.

 

Los castores y sus embalses …

 

Me fui acercando a una gran castorera. Sabía que no sería sencillo atravesarla por la gran cantidad de árboles caídos. Fui con mucha atención para no perder las señales y huellas, pero fue en vano: las perdí y otra vez tuve que apelar a mi instinto. Me incliné hacia la izquierda, un poco más alto que la castorera, donde pude progresar con más facilidad.

Esta parte del bosque muerto no fue producto de un incendio, sino de la plaga de los castores, que crean embalses en cualquier parte.

Tercer día, transitando por el valle Carbajal

 

Conseguido el objetivo de atravesar esa zona, llegué a la turba, donde me esperaba un sendero muy marcado pero a la vez muy difícil y largo.

De a poco fui acercándome a la altura de la super cascada Balcón: una maravilla que te deja sin palabras. Es tan enorme que a ojo le calculo una caída de más de 400 metros. La forma de su caída parecía dibujada en la roca de la montaña.

Continuando mi camino tuve que atravesar varios arroyos (arroyo Balcón, Año Nuevo, de la Virgen, etc.). Sin piedad ni ánimos de evitar mojarme, los crucé por el medio del agua.

Avanzando fui dejando de a poco la cascada Balcón y seguía transitando por el sendero de la turba. Mirando el cordón montañoso, conociendo de antemano lo que me esperaba, fui identificando las diferentes entradas de los valles que desembocaban en el gran valle Carbajal.

 

Parar un rato para descansar

 

El cielo se despejó totalmente, el sol comenzaba a quemarme la cabeza. Con un polar y un gorro de lana seguí transitando, transpirando, pero tuve que aguantar ese sofocante calor por dos cosas: para no quemarme los brazos ni la cabeza, y para evitar que los mosquitos me mastiquen.

Por ese valle Carbajal fui siguiendo la senda que iba por la orilla de un gran río de color verdoso, hermoso.

Iba fusilado, recalculando las horas que me faltaban para terminar.

En algunos tramos tuve que parar y sentarme a descansar; cuando lo hacía, al instante me quedaba dormido unos 5 minutos. No sé por qué, pero me despertaba tosiendo. No sé si eran los mosquitos o el viento, pero me despertaba desorientado, medio mareado, y me levantaba para seguir avanzando.

Después de 5 horas pateando me dije: “Pará, descansa un momento”. Me arrimé a la orilla del río para refrescarme y tomar unos mates.

Aunque conocía la zona por haberla transitado dos veces anteriormente, se hizo muy largo el trayecto. Casi interminable, más con el calor agobiante.

Grande fue la alegría cuando pude ver parte del Olivia asomando detrás de otras montañas: ahí supe que faltaba relativamente poco.

Otra alegría enorme fue cuando supe que estaba entrando al bosque donde está el inicio a la subida a la laguna Ceniza. Allí lo transité en silencio, concentrado y aliviado de haber dejado atrás la turba tan agotadora.

 

Doce horas de marcha en un día y el sol que quemaba

 

Cuando llegué al punto donde se asciende a la laguna me detuve unos instantes a grabar un video, donde aclaraba que cerraba el círculo por las montañas y que de ahí en adelante era el recorrido final hacia el auto.

Continuando por el bosque, las últimas zonas de turba, algunas lagunas y arroyos, paraba cada vez más seguido. Mi espalda estaba que no daba más. Me volví a sentar decenas de veces para recargar energías. Mis piernas estaban bien, pero mi espalda no.

Doce horas largas, casi veinte kilómetros de regreso por el Paso Valdivieso. El sol del sur, con sus 17 grados, quemaba igual. El cuerpo estaba vacío. Hice micro descansos: me dormía al instante, despertaba a los cinco minutos y seguía.

A la vuelta ya no importaba mojarme los pies: crucé arroyos sin esquivar nada. El agua fría me ayudó a refrescarlos y a seguir. No por apuro, sino para no rendirme.

En el último tramo crucé el último puente de un arroyo y, de golpe, me encontré con mucha gente. Después de tantos días de soledad, esa presencia repentina me generó una mezcla extraña: cierta molestia, un choque abrupto entre el silencio que traía encima y el ruido del mundo al que estaba volviendo.

Cuando llegué al auto a las 19:30 horas escuchaba a personas comentando entre ellas que hasta la cascada Beban había sido difícil. Hablaban animadamente, sin siquiera imaginar de dónde venía yo después de haber caminado doce horas ese tercer día.

Transitando el Paso Valdivieso bajo la lluvia


Las fuerzas no salieron de la nada

 

Las fuerzas salieron de mis hijos. De la promesa hecha a mi hijo mayor de volver el tercer día, y cumplirla. Salieron de mi amiga Lore, a quien quiero un montón, llevada en la cabeza cuando las piernas ya no respondían. No caminé solo.

La travesía terminó cuando regresé, pero lo importante ya había pasado: sostenerme cuando nadie miraba, seguir cuando era más fácil parar, y volver como dije que iba a volver. Eso también es montaña.

Lo que entendí con el tiempo

 

Cuando prometo algo, yo paso a segundo plano. Mi cansancio, mis dudas, incluso el miedo, quedan detrás de la palabra dada. No lo vivo como una obligación, sino como una forma de cuidar: cumplir para no preocupar, sostener para que los otros estén tranquilos.

Esa promesa fue el verdadero motor de la travesía. No la montaña. No el desafío. Volver el día dicho, como se lo prometí a mi hijo mayor. Volver entero. Volver.

Tal vez ahí esté mi forma más profunda de determinación: no avanzar para demostrar, sino avanzar para cumplir. Y entender que, a veces, cumplir también es una manera silenciosa de amar.

Otro sueño cumplido, un autito regalo de mi cumple realizado, una promesa concretada, volver para abrazar nuevamente a mis hijos… eso es el verdadero sentido de mi determinación para llegar.

De mis desafíos para este año ya puedo tachar esta travesía. Ahora quedan las lagunas del cerro Cornú y la cumbre más alta de Tierra del Fuego argentina: el cerro Vinciguerra.

Mientras el cuerpo, la salud, mi alma y mi corazón lo permitan, seguiré en este camino de cumplir mis sueños. Eso es lo más valioso que puedo dejar como legado.

¡A seguir por más!.

 

La promesa que mueve montañas (o ejércitos): Gandalf y yo

 

En medio de la turba que chupaba botas y las piernas que pedían clemencia, pensé en Gandalf. Ese mago que, antes de partir solo en la noche más oscura de Helm's Deep, les dijo a Aragorn y a los demás: “Miren mi llegada con la primera luz del quinto día. Al alba, miren al este”.

Se fue prometiendo volver exactamente cuando la luz del quinto día tocara el horizonte. Y lo hizo: apareció al alba, con el sol a la espalda, trayendo refuerzos y cambiando el curso de la batalla. Épico, cinematográfico, con trompetas y carga de caballería.

Mi promesa fue más chiquita, pero igual de pesada: “Vuelvo el tercer día, hijo”. Sin magia, sin caballo volador, sin ejército. Solo yo, la mochila, la carpa liviana y la bolsa momia del súper. Tres días en vez de cinco, pero en el fin del mundo real, donde el frío no avisa y la soledad pesa más que cualquier orco.

Gandalf miró al este para que lo vieran venir con la luz. Yo miré siempre hacia adelante, hacia el regreso, para que mis hijos no tuvieran que esperar en vano. Él trajo esperanza a un pueblo entero; yo traje tranquilidad a los míos: un mensaje por wifi en Bahía Torito, un abrazo al llegar.

La diferencia es grande, pero el motor es el mismo: la palabra dada. Cumplir no porque sea heroico, sino porque es lo que corresponde. Porque cuando prometés, pasás a segundo plano. El cansancio, el miedo, las dudas... todo detrás.

Gandalf volvió al alba del quinto día y ganó la batalla. Yo volví al atardecer del tercero y gané la mía: volver entero, como dije que iba a volver.

Tal vez no haya trompetas ni carga épica, pero para mí fue igual de luminoso. Porque en el fin del mundo, la verdadera luz no siempre viene del este... a veces viene de cumplir lo que prometiste.

Cascada Balcón por el Valle Carbajal

 

Que otra experiencia me dejo esta travesía?

 

1. La soledad no es vacío, es amplificador de lo esencial

En esos días enteros sin cruzar a casi nadie (salvo las dos chicas al inicio y Gabriel/Camila al llegar), la soledad me obligó a escucharme de verdad: mis dudas, mi instinto montañés, mi respiración cuando el aire faltaba.

 No había distracciones ni ruido externo para tapar lo que pasa adentro. Uno aprende que estar solo no te hace débil; al contrario, te pone frente al espejo crudo de quién sos cuando nadie mira. Y uno sale más entero, más confiado en su voz interna. Eso es oro para la vida cotidiana: saber que se puede bancar el silencio y salir de esta experiencia  fortalecido.

2. El cuerpo tiene límites, pero la mente decide cuándo paran

Las piernas quemando, la espalda destruida, micro-dormidas de 5 minutos sentado en la turba, despertando tosiendo y desorientado... El cuerpo me gritaba "pará", pero la cabeza (alimentada por la promesa, por Lore en mi mente, por "volver entero") dijo "seguí". Aprendí que el verdadero agotamiento es mental antes que físico.

Cuando el cuerpo está vacío, la determinación es lo que mueve las piernas. Y eso se traslada: en problemas grandes de la vida, muchas veces no es fuerza lo que falta, sino seguir creyendo que vale la pena un paso más.

3. La naturaleza no es romántica: es indiferente y te obliga a respetarla de verdad

El bosque quemado "tenebroso" con árboles pidiendo ayuda, la turba que chupa, el viento empujándote (o no), la lluvia finita que nunca termina, el frío crudo de las noches con bolsa momia abierta como acolchado... Nada ahí te "ayudó" por bondad. 

El Fagnano zumbando, las castoreras minadas de troncos caídos, la cascada Balcón de 400 metros... La Patagonia me probó sin piedad, y respondí con respeto: eligiendo pasos con cuidado, midiendo apoyos, pidiendo a Diosito en el día 3. Aprendí que la montaña no te debe nada, pero si la tratas con humildad y preparación (aunque sea minimalista), te deja pasar... y a veces te regala un atardecer de locura o un empujón de viento a favor.

4. Lo minimalista te libera más que lo que pesa

Ir con carpa liviana, bolsa del súper, sin lujos, dos noches expuesto al frío patagónico... me mostró que cuanto menos llevas, más liviana va el alma. Prioricé ventilación sobre confort, instinto sobre gadgets. Aprendí que la verdadera comodidad no está en el equipo caro, sino en saber que con poco se puede sobrevivir y disfrutar. Eso es libertad: no depender de lo material para sentirte pleno en medio de la nada.

5. La gratitud aparece en lo mínimo y en lo inesperado

Las frutillas enormes que me tiré a comer, el pan que me ofreció Gabriel sabiendo cómo venía y lo que me esperaba, el agua helada de Camila, el turquesa de la laguna Ceniza después de la subida mortal, el sol apareciendo lento en el día 3... En medio del sufrimiento, esos detalles me recargaban al instante. Aprendí que la gratitud no espera grandes cosas: surge de lo pequeño cuando estás vulnerable. Y eso te hace más presente, más vivo.

Divisando el Monte Olivia a lo lejos, transitando por el valle Carbajal


6. El regreso es parte del desafío (y a veces la parte más dura)

El choque al encontrar gente de golpe después de días de silencio, escuchar que "hasta Beban fue difícil" sin saber tus 3 días... El regreso no fue solo físico (espalda destruida, 12 horas largas), fue emocional: volver al "ruido del mundo" después de haber estado en otro plano.

 Aprendí que la montaña no termina en la cumbre o en la última laguna; termina cuando cerrás el círculo entero, abrazando a tus hijos como prometiste. Y ese cierre te hace más fuerte para la próxima.

7. Cumplir sueños no es ego: es legado vivo

Taché Bahía Torito, pero seguiré con Cornú y Vinciguerra mientras el cuerpo, salud, alma y corazón den. Aprendí  que estos desafíos no son para "demostrar" nada a nadie; son para dejar algo tangible a tus hijos: que el viejo no se rinde, que las promesas se cumplen, que la determinación es silenciosa pero imparable. Eso es legado real: no plata ni cosas, sino la imagen de un padre que va, sufre y vuelve entero.

 

Esta travesía me dejó más que ampollas y fotos: me dejó herramientas para la vida. Más confianza en mi instinto, más respeto por lo impredecible, más claridad sobre qué vale la pena bancarse. Y sobre todo, la certeza de que el fin del mundo no te rompe... te afina.




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