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Capacitaciones · Talleres y seminarios

Te invitamos a conocer el Taller de Escritura Cordillera de Tinta

En este artículo, podrás descubrir los trabajos realizados en el taller, iniciativa de una de las integrantes del Equipo de Redacción del CCAM y también una invitación a sumarse al próximo Taller de Escritura de nuestro Centro Cultural de Montaña !!!

Florencia Sorrentino

Florencia Sorrentino

Edición: CCAM Enero 2026



¿De qué trata esta iniciativa? 

 

Taller de escritura en Palermo

 

Flor (con bastones de trekking en plena ciudad) en una de las caminatas por la Recoleta

 

Estos escritos fueron creados en uno de los talleres de Cordillera de Tinta. Pero ¿qué es Cordillera de Tinta? Es una propuesta gestionada por una de las integrantes del equipo de redacción de la revista del Centro Cultural Argentino de Montaña. Dentro de las propuestas culturales del Centro, se ofrecen talleres de escritura, entrenamientos, charlas y más. Si bien Cordillera de Tinta es el proyecto profesional de Florencia Sorrentino, su diseño tiene conexión con lo que hacemos en el Centro Cultural y, por lo tanto, queremos compartirlo e invitarlos al próximo taller de escritura del CCAM en abril de 2026.

 

Talleres de Cordillera de Tinta en espacios verdes de la Ciudad de Buenos Aires

 

Cordillera de Tinta ofrece encuentros mensuales en los que se recorren parques de la Ciudad de Buenos Aires. Allí charlamos, observamos y compartimos lo que aparece en ese andar. 

Si bien no hace falta ser un escritor para sumarse ni tener un interés particular en la escritura —puede ser, simplemente, un momento de desconexión de la rutina semanal para reconectar con uno mismo—, en cada salida surgen textos que sorprenden por su sensibilidad, por la memoria que se enciende y por la manera en que cada quien encuentra su modo de contar.

Retiro de Tinta en Balcarce

 

Los textos de este anecdotario nacieron a partir de la consigna de noviembre. Cada mes renovamos las propuestas, aunque hay algunas que regresan, que se vuelven hogar. Esta, en particular, nació de una nota que escribí para el CCAM. En ese escrito, narré la travesía por la Quebrada de la Jaula, una historia desafiante por el terreno y por la difícil decisión de regresar antes de alcanzar a la cumbre anhelada. La lectura fragmentada de esta nota en una jornada de primavera en los Bosques de Palermo derivó en escrituras en que buscaban mostrar el modo en que la montaña (el camino, la ruta) siempre tiene la última palabra. 

 

Este anecdotario es, entonces, una forma de guardar esas voces: un modo de volver a caminar, pero esta vez a través de lo escrito. Te invito a viajar con nosotras.

 

Muchas gracias

Flor Sorrentino de Cordillera de Tinta

Integrante del Equipo de Redacción de la revista del CCAM

 

Flor escribiendo en la zona de Vallecitos

 

 

Texto escrito en hebreo durante el taller

Por Mai Kisilevski

 

Lish siempre nos llevaba de viaje.

Lo seguíamos con los ojos cerrados.

En un viaje, tomé un autobús a la estación del norte.

Lish me indicó dónde bajarme.

No conocía la zona.

Me explicó cómo llegar hasta ellos.

Ya estaban allí.

Silbé fuerte y subí la montaña sola.

Pasé cercas de vacas y grandes rocas, trepé entre las espinas y seguí silbando fuerte.

Empezó a llover y me entró el pánico.

Oí el silbido de nuevo.

Me uní a él y me emocioné. Caminamos juntos y subimos la montaña.

Seguimos a Lish con los ojos cerrados. Continuamos incluso cuando se equivocó al orientarse.

Incluso cuando bajamos una colina y volvimos a subirla, y me dolían tanto las piernas que no podía mantenerme en pie. Confiábamos en él.

Estaba completamente oscuro; solo veíamos los ojos rojos de las vacas, el silencio y las marañas de raíces de los árboles. Los chicos cargaron una tabla a la espalda y subieron la montaña con él. Las chicas iban rezagadas, yo era la última. Ya estaba harta.

Cuando nos sentamos en el borde, empezaron a cocinar en las tablas y nos sentimos como si hubiéramos ganado.

Me senté a un lado y les saqué fotos. Tenía las piernas agotadas y no podía levantarme. Al mismo tiempo, me gustaba observar las extremidades de los demás. Incluso cuando ya no podía más, seguí adelante con orgullo.

Ni siquiera recuerdo el nombre de la montaña. No le pregunté a Lish. La recorrimos sin saber su nombre.

Al día siguiente, terminamos el día en el manantial; hicimos una competencia para ver quién aguantaba más tiempo sin que los peces le besaran las piernas.

Mucho tiempo después, Yael dijo que en ese viaje se había enfadado mucho con nosotras.

El grupo era como un hermoso telón de fondo para mi dolor. No me detuve a mirar.

 

Euge y Mai en pleno proceso creativo

 

Taller de Yoga & Escritura en Palermo

 

Taller de escritura en la Reserva Ecológica

 

El sueño de subir el Uritorco

Por Euge

 

Sin duda, el problema fue mío. Di por sentado que los saberes y las reglas que yo tenía internalizados por haber crecido en la falda de la precordillera de Los Andes eran universales.

Aquel sábado del invierno del 2004 descubrí que no solo no podría haber estado más equivocada, sino que también estaba fallando en mis capacidades de conseguir que alguien cumpliera con un sueño largamente acariciado disfrutando de una experiencia plena y exenta de dolores fuertes de rodilla y manos laceradas.

Mi amiga Rossana tenía un objetivo: no podía irse de Córdoba sin haber subido al cerro Uritorco. Más que un objetivo era un sueño; quizá compartido, quizá heredado: su padre, presidente de la Asociación Uruguaya de Investigación Paranormal, la había impregnado con su pasión por los ovnis y ella –en aquella, su primera visita a la Argentina– anhelaba descubrir si todo lo que se dice de ese mítico cerro era cierto.

—No digo que espere ver un ovni, pero al menos quiero percibir la famosa energía de ese lugar —me decía ilusionada en el colectivo, durante nuestro viaje desde Córdoba capital hasta el punto de la ruta en donde arranca el camino que lleva hasta el cerro.

El recorrido a partir de la parada de colectivos, que transcurre por un sendero ancho marcado en la tierra y la vegetación, nos llevó por naturaleza más o menos virgen y por delante de muñecos de extraterrestres gigantes que invitan a entrar en locales rústicos repletos de suvenires «ufológicos» que decidimos visitar en el regreso.

Lo primero que me sorprendió al llegar al final de ese camino fue descubrir que el cerro es propiedad privada. Está cercado. Lo malo –si es que se lo puede categorizar de esa manera– es que hay que pagar para traspasar el cerco y subirlo. Lo bueno –y sí, esto sí podemos etiquetarlo de esta forma– es que no solo el ascenso está bien marcado, limpio y resulta sencillo, sino que hay campamentos donde detenerse para dar señales de vida (tres) y en la edificación que funciona como «la recepción» de la montaña toman los datos de aquellos que se aventuran a subirla (así que, si te ocurre algo, alguien saldrá a buscarte con relativa rapidez cuando no llegues ni de regreso ni a un campamento).

«Será una subida fácil», me dije apenas emergimos del edificio mientras observaba la prolija cuasi escalera que arrancaba justo del otro lado de la puerta. Cabalgando entre el exceso de confianza y la tontería, di por descontado que tanta precaución por parte de quienes administraban ese lugar era innecesaria.

Tras solo tres metros recorridos tuve que cambiar de opinión y comencé a preguntarme si esa subida era una buena idea.

Justo detrás de mí, Rossana iba exultante. Emocionada. Y, prácticamente, en cuatro patas, apoyando las manos a cada paso que daba en esa suerte de escalera bien definida y diseñada para que se trepe sin dificultad. El montañismo, claramente, no era lo suyo, pero estaba decidida a conquistar cumbre. O campamento. Hasta donde fuera que nos llevara su particular forma de subir.

Traté de darle indicaciones básicas («Intentá no apoyar las manos tanto, podés lastimarte porque no llevás guantes», «Analizá dónde apoyar los pies porque las piedras pueden estar sueltas»). Ella asentía, pero su «estilo» de trepada no cambiaba demasiado.

Me alegré de que en la base supieran que estábamos ahí porque no estaba segura de que en algún momento de esa travesía una de las dos (o ambas) no terminaríamos rodando cuesta abajo. 

En especial porque si así subía, ¿cómo bajaría?

Una hora más tarde tuve respuesta para esa pregunta: mal. Rotando las rodillas de modos imposibles, apoyando las manos en cuanta roca y yuyo pudo y con los pies de frente, aplastándose los dedos contra la puntera de las zapatilla con cada paso.

No respiré tranquila hasta que no estuvimos una vez más en el punto de partida. Me juré que nunca más organizaba un día de trekking sin averiguar las capacidades de aquellos con quienes iba.

Y es que nunca debemos dar por sentado el nivel de conocimiento de montaña de nadie. Mucho menos el de alguien que se crio en un país cuya mayor elevación por encima del nivel del mar apenas alcanza los 600 metros.

Eso sí, los suvenires que compró para dar fe de la visita le compensaron las rodillas, los dedos de pie inflamados y las manos lastimadas. O eso afirmó en el colectivo de regreso, mirando entusiasmada los muñequitos de alienígenas en posturas raras que planeaba regalarle a su padre, mientras yo repasaba mentalmente si tenía antiinflamatorios y desinfectante en casa.

 

 

Euge junto al grupo completo

 

Individualismo 

Por Emily

Sacamos nuestras mochilas del placard y juntamos en la mesa todas las cosas que habíamos desplegado en la casita polvorienta de un piso que habíamos alquilado para nuestra estadía en Mérida. Por alguna razón, cada vez que hacemos nuestras mochilas para irnos de un lugar, estas se hacen más pesadas, más grandes y ya no alcanzan, por lo que una bolsa de tela se hace necesaria —cómo me molesta cargar con una bolsa de tela—.

Guardamos todo. Chequeamos que no quedara nada. Teníamos que apurarnos y el calor de Mérida ya nos estaba ahogando. Emprendemos marcha hacia un café: mochilas en la espalda, bolsa en el brazo, dos kilómetros a pie. Ale iba delante de mí. Ale no dice nada. Yo tampoco. No digo nada por introvertida y por guardar mi energía mientras los rayos del sol rebotan del concreto directo a mi cara. Ale no dice nada porque está molesto, malhumorado, porque yo voy muchos pasos detrás de él y porque le gustan los destinos. No las travesías, no el viaje, no el transporte. Y parece que yo tampoco le gusto más.

Con cada paso que doy en estas calles calientes, de casas grandes y antiguas que de a poco se van descascarando, me va doliendo más la espalda y voy frunciendo más el ceño. Y siento cómo la garganta se me pone tensa, y quiero gritar —pero yo no sé cómo gritar, no lo he aprendido—. Gritar por darme cuenta de repente de que así no era como se suponía que tenía que ser este viaje, juntos, cerca de la costa de México.

Ya esta es la segunda ciudad que visitamos en nuestro itinerario y es la segunda vez que me quedo caminando detrás, con la mochila, con un chico que solo gira para atrás para darme una mirada impacientada. No a la par para sacar una broma, no a la par para charlar, no a la par para hacerme reír.

Estoy a punto de gritar porque el tan esperado viaje que nos haría felices, nos emocionaría y nos acercaría más para siempre y siempre, y nos inspiraría a tener más aventuras hasta el final de los días solo nos está revelando todo lo contrario.

Miro la nuca de Ale otra vez. Me detengo por un momento. Él no se da cuenta. Suspiro fuerte y pienso: «He aquí, la luna de miel se ha acabado».

 

Emily

Flor organizando el material, por detrás los asistentes al taller a punto de escribir

 

Dejarse llevar 

Por Arianna (texto escrito en italiano durante el taller)

 

Era mi primera vez en los Dolomitas. Aún recuerdo el momento exacto en que los vi: todas las demás montañas encontradas hasta entonces palidecieron al instante, empequeñecidas como simples figurantes frente a protagonistas majestuosos.

Los Dolomitas tienen un poder extraño, casi mágico: te hacen sentir diminuto si intentas medirte con su grandeza y al mismo tiempo inmenso cuando piensas que serás capaz de recorrer sus senderos infinitos.

También era la primera vez que me confiaba a una organización que no fuera la mía.

Yo, siempre tan atenta, tan acostumbrada al control, me encontraba ahora siguiendo los pasos de otros. Fra y Salva, los amigos del lago, compañeros de aventura conocidos por casualidad en un campo de voluntariado, pareja desde hacía un número indefinido de años, me habían invitado a vivir aquella experiencia con ellos.

Fra, en particular, me lo había repetido mil veces: «Ya verás que colores como los de los Dolomitas no los encontrarás en ningún otro lugar. Cuando el atardecer los viste de rosa… es algo absolutamente maravilloso».

Y tenía razón. Frente a aquel espectáculo de luces y sombras, podría haberme quedado inmóvil contemplándolos durante horas.

Finalmente, llegó el día de la excursión: a las 8, la telesilla; a las 9, el inicio del camino; ida y vuelta, y obligatoriamente de nuevo en la telesilla antes de las 17; si no, cerraba. «Y nos tocará bajar a pie», dijeron riendo.

No deberían haberlo dicho nunca…

Yo no soy una persona que se fía fácilmente, sobre todo, cuando se trata de explorar destinos nuevos: todo tiene que estar calculado y programado casi a la perfección.

Pero luego empiezas a caminar, y la mente se vacía sola; a tu alrededor solo tienes cimas imponentes y, sobre ellas, cielos azules inmensos, a veces cruzados por pinceladas de nubes blancas.

En medio de la naturaleza todo es incontrolable: si el sol pega, hace calor; si la subida es empinada, no puedes hacer nada más que seguir. Siempre puedes volver atrás, claro… pero debes preguntarte si realmente vale la pena hacerlo.

El recorrido era un continuo sube y baja, un mar de rocas que parecía no acabar nunca. Tras varias horas yo aún me sentía bastante bien: las piernas aguantaban, el aliento estaba ahí y el calor era molesto pero soportable.

Pero cuando son tus compañeros los que empiezan a mostrar los primeros signos de agotamiento, todo cambia. Tienes dos opciones: puedes tirar del grupo y ayudarlos a seguir adelante, o puedes dejarte contagiar por sus dudas y solo desear volver atrás.

La montaña son piernas, es aliento… pero, sobre todo, es cabeza.

Fra empezó a preocuparse por Salva. Él tiene algunos problemas de salud y ella, incluso cuando él está bien, tiende siempre a temer lo peor.

Y mientras pensaba en él, fueron sus propios pies los que comenzaron a causarle problemas: las zapatillas que le rozaban, las ampollas que aparecieron como pequeños traidores invisibles.

Y allí, en aquel sendero de piedra, comprendí de verdad qué significa confiarse: no es solo seguir a alguien, sino aceptar que incluso quien guía, a veces, vacila.

Fra cojeaba ligeramente, intentando ocultar la molestia detrás de una sonrisa forzada. Yo la observaba desde atrás, notando cómo apoyaba mal el pie. Salva, en cambio, avanzaba en silencio, con ese paso constante que siempre había tenido, pero con una expresión más cansada de lo habitual. Y en ese momento entendí que habíamos entrado en esa zona gris en la que nadie está realmente seguro de nada, pero todos intentan parecerlo para no preocupar a los demás.

—Chicos, ¿todo bien? —pregunté intentando mantener un tono alegre.

—Sí, sí… solo un poco cansados —respondió Fra sin girarse.

Seguimos un rato más, y el sendero se hacía cada vez más estrecho. La mitad parecía siempre lejos, casi como si se moviera con nosotros. El cielo seguía increíblemente azul.

En un momento dado, Salva se detuvo. Un gesto pequeño, casi involuntario, pero en la montaña cada gesto significa algo. Se tocó el pecho, respiró un poco más hondo de lo normal.

Fra se giró de golpe, los ojos tensos al instante.

—¿Todo bien? —preguntó, esta vez sin disimular la ansiedad.

—Sí, sí… solo un momento.

Pero su voz era baja y aquella pequeña pausa nos heló por un instante.

Sentí el corazón acelerarse. No por miedo a la montaña, sino por la responsabilidad. ¿Y si habíamos equivocado el camino? ¿Y si no lográramos volver a tiempo para la telesilla? ¿Y si Salva no estaba realmente bien?

Me giré lentamente y vi el sendero recorrido a nuestras espaldas, una serpiente de roca y polvo que se retorcía entre las cimas. Era bellísimo… y lejano, terriblemente lejano.

—Chicos, paremos un segundo —dije.

No esperé permiso. Me senté en una roca, me quité la mochila. Ellos me siguieron, casi aliviados de que alguien hubiera tomado la iniciativa.

Nos quedamos en silencio. Solo nuestras respiraciones y el viento que movía los tallos de hierba seca.

—¿Sabéis qué pienso? —dije al final—. Que no tiene nada de malo volver atrás, si hace falta.

Fra bajó la mirada. Estaba cansada, más de lo que quería admitir.

—Es que… no quería arruinar tu primera excursión aquí.

Sonreí.

—No la estás arruinando. La recordaré precisamente por esto.

A veces pensamos que la fuerza está en seguir adelante cueste lo que cueste. Pero quizá, en la montaña como en la vida, la verdadera fuerza esté en saber cuándo es el momento de cambiar de rumbo.

Después de unos minutos, Salva se levantó.

—Yo me veo capaz de seguir —dijo—. Pero también podemos volver. De verdad.

Y por primera vez parecía él quien nos consolaba.

Nos miramos los tres. Cansados, sudados, llenos de dudas… pero juntos. La montaña frente a nosotros no había cambiado, pero nosotros, sí.

Decidimos seguir, despacio, sin prisa, sin la obligación de llegar a ningún sitio. Y desde ese momento el sendero pareció distinto: ya no un enemigo que vencer, sino un compañero que nos guiaba, paso a paso, hacia algo que aún no conocíamos.

No llegamos a tiempo para tomar la telesilla, pero ya no importaba nada: teníamos piernas y aliento de sobra. No nos bastó hacer el camino de ida y vuelta: ¡llegamos incluso al coche a pie, descalzos, pero felices!

Momento de escritura en Palermo

 

Escribimos en donde nos encuentra la inspiración

 

Invitación

 

¿Te animás a contarnos tu experiencia? En la próxima edición del Taller de escritura del Centro Cultural Argentino de Montaña junto con Flor Sorrentino de Cordillera de Tinta realizaremos una edición especial para que podamos compartir una hermosa experiencia de escritura. ¡Escribinos para tener más información!




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